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Poema al heredero (IV)

Nieva en una fría tarde de enero…
Tú miras por la ventana embelesado.

— ¡Caen plumas blancas del cielo!—
gritas, y a mí se me escapa una sonrisa.
Siento que esos dos brillantes ojos
bien merecen narrarles una mentira.

— ¡Sí! Yo también puedo verlas.
Son plumas de ganso y de cigüeña.
Están aquí, encima de nuestro pueblo,
celebrando una multitudinaria fiesta.

Una vez al año todas se juntan.
Normalmente son madrugadoras,
pero este día se levantan tarde, tanto,
que cuando tú comes, ellas desayunan.

La gente piensa que pasan el día volando
de la plaza al parque y de ahí al teatro.
Posándose a veces en algún tejado.
Pero si levantas la vista y te fijas bien
verás que en realidad están bailando.

Y al atardecer, cuando oscurece,
deciden liberarse de sus ropas
y dejan caer sus plumas una a una,
mostrándose al mundo desnudas.

— ¿Por qué querrían quedarse sin plumas?
— Para perder así lo que más quieren
y aprender que, a pesar del frío,
vivitas y coleando continúan.

Entra tu mamá y te explica que
lo que ves no es más que agua.
Que si no lo crees mires al suelo
y verás cómo al alcanzarlo,
las plumas se quedan en nada…

Y tú la miras pícaramente:
—Mamá, si yo ya lo sabía.
Pero hay que ver qué fácil es
conseguir una historia de mi tía.

NARUMI

sky snow goose feathers

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Dos miles diecisietes

Entiendo que el día transcurra entre dos soles,
entre aproximadamente dos lunas, los meses
y que las estaciones las delimiten los frutos.

Pero nunca comprendí a los minutos,
la mayoría de las horas me desconciertan
y de los años jamás sentí mía su estructura
de diciembres finales y prósperos eneros.

Mi imperecedera alma de estudiante
más afín se siente dando los años por conclusos
con el último atardecer de agosto e inaugurándolos
con la primera lluvia de septiembre.

Aunque, por lo que a mí respecta,
este último año podría haber acabado
la misma noche en la que lo comenzamos.

O aquella otra en vela, de insomnio
que se tornó en poema.
O la que unos ojos medio amarillos, medio grises,
me devolvieron mi oasis: a mi abuela.

Podría haber acabado el año aquella tarde de invierno,
en la que descubrimos que seríamos siempre sólo nosotros,
solos, decidiendo en qué convertir a los otros.

O el día que depuse al fin tus sombras y me mudé de locura.
O aquel otro en el que nos reencontramos y las carcajadas
fueron la banda sonora de nuestra despedida.

De buen grado habría dado por terminado el año
junto a los niños y las mil vidas que me evocaron.

Podría haber acabado el año aquella tarde de primavera
en la que descubrí que habían colocado una fuente
en el lugar del banco de los besos con lengua.

O el día en el que hubo que defraudar al viento,
a los árboles, a las hojas, a las aguas y a los pájaros,
confesándoles que se quedarían sin conocerlo.

Podría haber acabado el año aquella tarde de verano
en la que me reencontré a mi tío en su cueva
entre los restos de su gran naufragio.

O aquella en la que me convertí en Edith
y en su amargor que la brisa siempre acaba borrando.
O cuando el orden se invirtió y fue mi vida la que,
por un instante, a la muerte aturdió.

Podría haber acabado el año el día que al fin
comunicó el samurái de la verdad pura
que se había quedado desnudando una musa.

O podría el año no haber nunca acabado,
vivir eternamente en el mismo día,
como les sucede a Cariño y a mi vecina.

Podría haber acabado el año aquel atardecer de otoño
en el que tuvimos que restar una abuela
al ya escuálido monto.

O aquel en el que me rendí a la perfección de lo imperfecto.
O en el que todos perdimos porque la dualidad venció.
O el día en el que celebramos el 65º noviembre de mi padre.

Podría haber acabado el año de regreso a este invierno
el día en el que no tuvimos más remedio
que escuchar en voz alta la palabra maldita.

O aquel, hace tan poco, en el que nos rozó la muerte,
tentándonos a convertir en oro la mala suerte.

Seguramente el año acabó todos esos días.
Y también el resto.
Seguramente el año empezó todos esos días.
Y también el resto.

Todos los días que pensé que ya nunca más escribiría.
Que lo dejo.
Y todos los días que me senté de nuevo a hacerlo.

NARUMI

trizas2017

Poema al heredero (III)

Cuando nos quedemos solos
te contaré un cuento
que anoche comencé a leer
para ir aprendiéndolo.

Hay un señor sin cerebro,
con las ideas más originales,
que sufre todos los días
porque cree que nada sabe.

Otro caballero reluciente
que también vive afligido
porque cree que apenas siente
al carecer de corazón.

Y un enorme león cobarde
en constante busca de valor,
pese a que todos espanta
con sólo mostrar sus fauces.

Unidos por una perseverante niña,
caminan superando mil aventuras,
sin abandonar nunca el sendero
de las baldosas amarillas.

El viaje es largo y nada fácil
pero les mueve el empeño
de que les sean concedidos
sus tan ansiados deseos.

Me pregunto…

Qué sentirás tú que te falte
que te lleve a emprender camino.
Qué brujos y brujas conocerás
que te permitan ver toda tu magia.
Qué se reflejará en tus ojos
cuando mires a tu ciudad Esmeralda.

Con qué decidirás quedarte
cuando al final del viaje descubras
que todo es una farsa.

NARUMI

theyellowbrickroad

Mi padre

Hay quienes tienen hijos con el anhelo de que exista siempre
un niño que les ronde, o al que rondar.
De manera que cuando uno crece,
si sigue siendo un niño, resulta una decepción;
y si deja de ser un niño, resulta una decepción.

Sin embargo, mi padre siempre supo que creceríamos.
Siempre quiso conocer a quienes llegaríamos a ser.
Entendía que la mayor parte de nuestras vidas
conviviríamos como adultos.

Así que con él, crecer nunca fue un delito, siempre un logro.
Y el paso de los años nunca fue una pena, siempre una alegría.

De pequeña, le pedía que escribiera mi nombre en mis libretas,
con sus “ínclitas, maravillosas, mayúsculas vertiginosas”
que siempre he intentado emular.

Entre semana, nos ponía deberes en unos cuadernos apaisados,
sin estrenar pero totalmente demodé, que la imprenta Cervantes
había desechado poco antes de cerrar sus puertas para siempre.
Operaciones matemáticas y búsqueda de palabras
con cuyas acepciones elaborábamos una oración:
“Compraremos al abuelo una maleta nueva
porque la suya está obsoleta”.

Los fines de semana, Mario Bross, Pac-Man y Duck Hunt,
entre otros, se adueñaban del salón.
Nunca supe quién disfrutaba más, si él o nosotras.

Nos llevaba a la antigua biblioteca y utilizábamos su carnet
cuando aún no teníamos edad para uno propio.
Más tarde, leímos algunos de los títulos de aquellos libros
que siempre rememora haber comprado en su adolescencia
por pocas pesetas.
Y así conocimos, por ejemplo, a Daniel el Mochuelo.
Al Lute, cuyo lema sigue aflorando cuando las fuerzas flojean.
Y a Benigna, de quien aprendí de memoria:
“Cada uno, con el aquél de no sufrir,
se emborracha con lo que puede:
ésta con el aguardientazo, otros con otra cosa.
Yo también las cojo, pero no así:
las mías son cosa de más adentro”.

Se mofaba de nuestros ídolos musicales -como Soso Sanz-
por lo que terminamos adoptando a sus irreverentes cantautores,
haciendo de sus letras nuestro credo.
Aunque demasiado tarde para ahorrarle el dispendio
de nuestra primera y casi última comunión.

Y es que nunca ha sido muy dado a los rituales.
Su escepticismo le hace impregnarlos de ironía.
Mi padre es la antítesis de la solemnidad.
De él he aprendido la terapéutica práctica
de reírse de uno mismo.

Disfrutaba enseñándonos contabilidad,
con sus asignaciones semanales y más tarde, mensuales.
Viéndonos apuntar en nuestras libretas (apaisadas)
todos los “debe” y los “haber”.

Porque no le gusta el fútbol, ni los toros, ni los bares.
Su afición son los números, las estadísticas, los hallazgos.
Retiene los datos curiosos que lee aquí y allá,
para referirlos después, frotándose con ímpetu las manos.

También fue un visionario
con aquél curso de inglés por fascículos que nos compró
cuando yo apenas contaba ocho años.

Pero su mejor regalo fue recortar semanalmente con esmero
la columna que escribía Antonio Gala en los 90:
“Carta a los Herederos”.
Yo me las encontré por casa recopiladas en el 2000:
aquellas epístolas habían sido escritas para mí.
O tal vez mi padre no las guardara para nosotras.
Tal vez las archivara para sí mismo.
Porque también sintió que estaban escritas para él.
Porque también él se sintió heredero.
“Avanzad desnudos de experiencias ajenas,
sin usar un escudo como arma,
sin el amargor previo de una opinión desencantada
ni de un sentimiento defraudado,
sin aceptar en herencia nada que estiméis malo
o que os sepa a desilusión o rendición”.

Quizá por ello ha sabido adaptarse a cada tiempo.
Aprendió a utilizar Hotmail, Messenger y Skype
para comunicarse con nosotras cuando vivíamos en el extranjero.
No tardamos en verlo aparecer por Facebook
y domina whatsapp, siempre que tenga sus gafas a mano.
Aunque hace sus propias indagaciones,
está siempre abierto a nuestras recomendaciones
seriéfilas o cinematográficas.
Y hasta es fan de Roy Galán…

Pero lo mejor de este escrito
es poder mezclar tiempos verbales.
Lo mejor de este escrito
es poder leérselo en voz alta.

Así que papá,
sigue abrazándote a nuestro pino del campo.
Sigue despertando a tu sistema linfático.
Sigue paseando a diario y hablando solo
(te recomiendo que uses auriculares
para disimular, como yo hago).
Continúa buscando el elixir de la juventud eterna
para cumplir con tu plan de hacerte centenario.
Que sólo envejece aquél que comienza a creer que la vida
no merece ya que uno siga siendo un herbolario.

NARUMI

 

paseosveraniegos

 

Poema al heredero (I)

Te haré mil versos
-son estos los primeros-
para sentarnos juntos
un día a leerlos.

Te contaré entonces
que eres el protagonista
de un poemario que
comencé a escribirte hoy,
hará algunos años.

Tal vez te gustará dibujar
y querrás adornarlos.
Tal vez sólo disfrutes
ensimismado escuchándolos.

Será un día claro y soleado.
Estaremos sentados en un parque
o caminaremos de la mano.

Entre poema y poema
nos quedáremos callados.
Tú preguntándote
qué significa “poemario”.
Yo preguntándome
cómo han pasado los años.

NARUMI

 

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Perfección

Tumbadas en su cama como antes,
la miraba mientras dormía.
Podía ver de cerca la celulitis,
la piel de naranja, sus estrías.
Las venas hinchadas ramificarse
y el vello en la piel que colgaba.
Todas las manchas, irrevocables.

Quería observar su cuerpo de arriba a abajo.
Memorizarlo.
Y que me pareciera feo.
Terrible.
Motivarme lo bastante para no acabar así.
Como si ella hubiera fracasado
en su lucha contra la naturaleza
pero yo aún pudiera salvarme.
Como si fuera posible salvarse.

Sin embargo, solo pude pensar:
“Es perfecto”.
Albergando en su interior
todos esos órganos, glándulas y vísceras
que la mantienen viva
con su minucioso trabajo diario
para que pueda yo mirarla mientras respira.
Aunque ella apenas los cuide,
aunque ella ya no los valore.
Aunque a ella, como a la mayoría,
solo le importe la carne que los envuelve.

Y susurré al oído del que una vez fuera mi casa:
“Tu perfección es tan hermosa…
Consérvala cuanto puedas.
Mantén en marcha la belleza.
No dejes fallar ningún engranaje.
aunque ella ya no te quiera.
No la escuches.
Hazlo por mí.
Que no sabré encontrar la manera
de llenar el vacío que tu perfección deje
cuando desaparezca”.

NARUMI

Crossed Legs, by Joan Semmels
Crossed Legs, by Joan Semmels