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Mi vecina

Cuando mi vecina se mira al espejo siempre ve a otra mujer reflejada.

Una de rostro pálido y avejentado, del que solo sabe que no le agrada.

Mi vecina no recuerda dónde vivimos ni el nombre de sus padres.

Y donde debería aparecer el suyo sólo hay una gran nube blanca.

Está convencida mi vecina de que nunca tuvo hijos y de que

esos niños no son sus nietos, por más que los obliguen a besarla.

A mi vecina le gusta escuchar la radio cuando ponen música.

Tanto, que ya solo pronuncia bien las palabras cuando canta.

Pero lo que más adora mi vecina es la tortilla de patatas.

Aunque solo si él se sienta a la mesa y le ayuda a masticarla.

 

Porque a él sí lo conoce, de él sí que se acuerda.

 

No tiene nada claro cómo ha llegado hasta aquí, hasta ahora.

Pero sabe que se llama Cariño y que siempre la lleva de la mano.

Y mi vecina le besa y le besa, mientras los demás la miramos raro.

Ella le besa en casa, por la calle y en el súper.

Cuando él conduce, cuando cocina, ella le besa.

Y si a veces él suavemente se aparta, mi vecina, con insistencia,

comienza a estirarle de la camisa las arrugas que no lleva.

 

Cuando cae la noche me pregunto: mi vecina, ¿cómo sueña?

¿Sigue siendo en sus ensoñaciones una existencia sin alma

o vuelve a ser la mujer de siempre durante el sueño pero

es incapaz de recordarlo cuando despierta por la mañana?

 

Anoche, mientras ella lo besaba alegremente en la cara

escuché cómo Cariño con voz queda le decía:

“Eres una gran aficionada a los gestos cotidianos”.

Y mi vecina con la mirada perdida, imagino, asentía.

“Me alegra que al menos tú encuentres algo de paz

en esta irrealidad que, por no abdicar, llamamos vida”.

 

Ella lo besó y él a ella.

 

NARUMI

 

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Inocentes

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Tengo una amiga que siempre dice:

“Qué pena que deban morir inocentes para ganar guerras…”

Creo que le gusta la palabra “inocentes” porque ella es muy dulce

y creo que le gusta la palabra “ganar” porque también es ambiciosa.

Y es que hay gente que ama determinadas palabras igual que ama a determinadas personas: sin saber muy bien porqué ni hasta cuándo.

Mi amiga nunca utiliza esta frase en sentido literal.

Jamás hablamos de conflictos armados ni nada que esté relacionado con política.

Porque, de hecho, con esta amiga solo hablo de amor y de arrojo,

como hay gente con la que uno solo habla de los otros, del tiempo o del precio de la fruta.

Y las guerras a las que hace referencia mi amiga no son más que simples batallas,

como acostarse con alguien, un inocente cualquiera,

para acelerar la carrera del olvido de un amor más relevante.

Aunque más de una vez las inocentes cualesquiera hemos sido nosotras

y las guerras las han ganado otros.

Por eso sabemos bien qué significa esta frase.

 

NARUMI

 

 

Sólo tú

Temes a la soledad.

Como si fuera algo venidero y no presente.

Como si fuera algo sorteable y no seguro.

Como si no estuviéramos solos ya.

 

Tal vez aún no te hayas dado cuenta.

Pero siempre eres sólo tú.

En cualquier situación.

Cuando estás entre amigos.

Cuando estás en familia.

Cuando haces el amor.

Y cuando estás solo.

Siempre eres sólo tú.

 

Tú percibiendo. Tú sintiendo.

Tú recibiendo información.

Y tú procesándola. Codificándola.

Tú decidiendo qué juicio emites.

Tú decidiendo si emites algún juicio.

Siempre eres sólo tú.

 

Cuando eras un niño sólo eras tú. Más sólo tú que nunca.

Reinando soberano, solo, en tu pequeño mundo.

Cuando vayas a morirte, sólo serás tú. Más sólo tú de nuevo que nunca.

Marchando en un tren, solo, en el que es imposible que viaje nadie más.

 

 

Te detectan un cáncer y eres sólo tú, aunque no vuelvan a dejarte a solas nunca más.

Logras una meta y eres sólo tú, aunque lo celebren contigo.

Te equivocas y eres sólo tú, aunque le quiten importancia.

 

Tú sintiendo, procesando, emitiendo.

Y no hay nadie más.

Los otros sólo son información.

Sensitiva. Sensorial. Semántica

Y siempre privilegiada.

Porque te permiten decidir qué hacer con ella.

Si la digieres o la escupes.

Si la ignoras o la utilizas.

Si la reciclas o la desechas.

Si la entierras o la plantas y la riegas.

 

Sólo tú solo decidiendo en qué conviertes a los otros.

En distractores, con los que fingir que no existe tu soledad.

En potenciadores, a los que abrazar desde tu soledad.

 

NARUMI

 

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MIENTRAS DUERMO

En alguna parte del mundo, mientras yo duermo,

hay una mujer que está siendo violada

hay un niño que llora de hambre

hay alguien buscando en un alféizar un motivo para no saltar

hay un cuerpo entre las vías que no encontró motivos

hay un joven descalzo en una lancha en mitad del mar

hay unos padres que reciben una llamada que les parte la vida

hay un mendigo que soporta una paliza

hay alguien arrodillado vomitando en la taza del váter

hay alguien durmiendo en el sofá de un tanatorio

hay alguien maniatado a una silla, temblando

hay una familia intentando cruzar el Darién

 

Pero mientras yo duermo, en alguna parte del mundo

hay alguien haciendo el amor

hay una madre que está dando a luz

hay un japonés viendo amanecer

hay dos adolescentes que se dan su primer beso

hay un hombre escuchando la 9ª sinfonía de Beethoven

hay una médico salvando una vida

hay un escritor concluyendo su novela

hay dos hermanos separados reencontrándose

hay un niño que esa noche ha vencido algún miedo

hay alguien viajando en avión

hay un joven leyendo a Kavafis

 

NARUMI

 

Gracias a Facebook

Gracias a Facebook podemos estar presentes en las vidas que íbamos a tener y que finalmente no tuvimos.

Asistimos a las graduaciones de sus hermanos pequeños.

Y a las bodas de sus hermanas mayores.

Vivimos sus vacaciones a través de fotos que podrían haber sido las  nuestras.

Sentimos la muerte de sus abuelas en esa dolorosa entrada.

Y les damos la enhorabuena telepáticamente por su nuevo trabajo.

Recordamos canciones que tarareábamos juntos.

Y observamos la evolución sin nosotros de sus gustos musicales.

Presenciamos la primera vez que comen sushi o prueban las wurst.

Porque los vemos en países vecinos y en destinos exóticos.

Y hasta en un domingo cualquier en el sofá con sus gatos.

 

Gracias a Facebook podremos estar presentes en las vidas que íbamos a tener y que finalmente no tendremos.

Asistiremos a sus bodas, para todos los gustos.

Veremos nacer a sus hijos, que no tendrán nuestros ojos.

Y seremos testigos de sus primeras canas.

De sus barrigas.

De sus entradas.

Celebraremos sus ascensos laborales.

Y lamentaremos sus divorcios sorprendentes y los que se veían venir.

Nos tomaremos una copa a su salud el día que celebren la jubilación.

Y las bodas de plata.

Quizá hasta su holograma nos visite un día de pasada.

 

Echaremos entonces cuentas con los dedos,

calculando que llevamos siguiéndolos en las redes infinitésimamente más

que el tiempo que pasamos junto a ellos.

Que ya no recordamos cómo huelen.

Ni el tono de sus voces.

Pero podrían contratarnos para escribir sus biografías.

 

NARUMI

Comparaciones

Comparas constantemente a tus hijos.
María no es tan lista, ¡pero es tan dulce!
Lucía, en cambio, es muy inteligente…Aunque es más huraña.
Como si tú diseñaras los criterios de la inteligencia y de la dulzura.
Como si tú supieras si es huraña con todo el mundo o solo contigo.

Si a Rubén se le dieran las matemáticas tan bien como el fútbol…
Claro, si tú le hubieras inculcado la misma pasión por las matemáticas que por el fútbol…

Martina saca buenas notas en el colegio, pero le cuesta más que a su hermana.
Y tú, serías mejor padre si te hubieras enterado que los “peros” sobran, que anulan.

Alicia es más guapa pero la mayor tiene mejor tipo.
Qué manera de arramblar con las dos de una sola estocada…Bravo.

Pedro es más bajito que su hermano y eso que es el mayor.
Ha debido ser una mutación genética, claro. Porque todo el mundo sabe que por tener más años tienes que ser más alto, por eso la gente de ochenta años mide tres metros.

Julio se parece a nuestra familia. Mientras que Santiago es clavadito a la familia de su padre.
Porque todos no somos familia, claro. Ni el matrimonio ni los hijos tienen ese efecto de consanguinidad.                                                                                                                                             Es mejor convertir el parecido familiar en un arma arrojadiza entre vosotros.
Fíjate que son hermanas y una tiene el pelo rubio y la otra no.
Y claro, rubio es más bonito. Porque lo dicen en la tele. Así que una tuvo suerte, la otra no.

Antonio es muy espabilado pero Pedro es más dócil.
Antonio recibe el mensaje de que no es bueno ser espabilado y que prefieres a Pedro porque te da menos problemas.
Pedro recibe el mensaje de que su hermano es más listo que él y le envidia.

Comparas a tus hijos como si ellos necesitaran pertenecer a categorías.
Esa necesidad la creas tú.
Comparas a tus hijos como si ellos necesitaran un punto de referencia para medirse.
Esa necesidad la tienes tú.
Más. Menos. Mejor. Peor. No tanto. Demasiado.
Les pones etiquetas como si estuvieran a la venta.
Y seguro que a veces te dan ganas de venderlos de segunda mano.
Cuando no se ajustan a tus criterios.
Cuando, tras años intentándolo, se te escapan de las categorías que querías para ellos.
Comparas a tus hijos, fomentando la competitividad entre hermanos.
Y luego te molesta que discutan, que se chillen, que parezca que se odian.
Porque rompen tu escasa paz.
Pero no se odian.
Ellos nunca se odian.
Porque son más listos que tú.
Saben que no es su hermano o su hermana, que no es el elemento comparativo quien hace la comparación.
Saben que eres tú.
Y te odian.
A ti.

Hasta que caigan en la misma trampa.

 

NARUMI

comparaciones

 

Desolación

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Voy a ver un capítulo detrás de otro. Donde haya violencia y muertes ficticias.

Voy a ponerme la música bien fuerte. Con las letras en inglés, para no entender nada.

Voy a leer los muros de desconocidos. Pasar el dedo por la pantalla de mi teléfono sin más.

Voy a correr hasta la extenuación. Hasta que cedan las piernas por la tensión.

Voy a comer aunque no tenga hambre. Para ver si me entra sueño y duermo durante días.

Voy a encender la televisión. A ver algún reality show que me abstraiga de la vida real.

 

Voy a mirar para otro lado cada vez que se cruce el recuerdo de tu omisión.

De la brusca manera en la que la vida te ha borrado de su haber.

Para tratar de olvidar que a un kilómetro de aquí están tus hijas sollozando.

Y tu mujer.

Para fingir que no llega hasta aquí la oleada de desconsuelo que las inunda hasta ahogarlas.

Esa desolación. Esa angustia. Ese desamparo.

La congoja de seguir respirando cuando no puedes, cuando no quieres.

La amargura de que la maquinaria perfecta de sus cuerpos, de sus cuerpos que sí están vivos, continúen inhalando y exhalando cuando en realidad no tienen fuerzas, ni ganas,     ni aliento.

 

Voy a distraer tu imagen cada vez que se cruce por mi mente.

Para tratar de obviar que a un kilómetro de aquí debe haber alguien gestionado tu adiós.

Eligiendo un lugar. Una hora. Un precio.

Para no pensar qué fue lo último que les dijiste a tus hijas.

Qué fue lo último que ellas te dijeron.

Para no pensar cuándo sería la última vez que habías hecho el amor con tu mujer.

Qué últimos reproches os hicisteis y cuáles os callasteis.

Para desterrar la imagen que tengo de vosotros paseando por la calle de la mano.

Cuando teníais treinta años y veinte años después.

 

Voy a fingir que sigue la vida como si no te hubiera ocurrido.

Continuaré escribiendo sobre el desamor, una muerte más banal.

A seguir trabajando y estudiando, como si tuviera importancia.

A seguir viviendo como si fuéramos eternos.

Como si lo tuyo no pasara cada día.

Como si un kilómetro jamás pudiera ser esta casa.

 

NARUMI