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Perdónanos

Si el despertador suena a la misma hora de cada día y nos levantamos.
Perdónanos.
Si aspiramos el aroma del café y enlazamos los dedos alrededor de la taza caliente.
Perdónanos.
Si nos damos una ducha entre olores de flores y frutas.
Perdónanos.
Si escogemos un jersey y no cualquier otro y hasta nos perfumamos.
Perdónanos.
Si salimos a la calle y el frío nos arrebola las mejillas.
Perdónanos.
Si cerramos los ojos para sentir el sol a través de nuestros párpados.
Perdónanos.
Si le damos los buenos días a la vecina, al cartero, a las nubes.
Perdónanos.
Si aún podemos bromear con nuestros padres.
Perdónanos.
Si tarareamos descuidadamente alguna canción y la bailamos.
Perdónanos.
Si conducimos mirando el sol ponerse por el espejo retrovisor.
Perdónanos.
Si tenemos hambre y sueño y ganas de hacer el amor.
Perdónanos.
Si cuando llegue el verano, alguna noche nos sentimos eternos.
Perdónanos.

Dicen que cada pérdida conlleva siempre una ganancia.
Y que todo lo que la muerte roza lo convierte en oro.
Es tan difícil que no sé si creerlo posible.
Pero sí creo que sea lo único que pueda dar algo de sentido al sinsentido.

Así que perdónanos si tratamos de honrar un poco cada día tu pérdida.

 

NARUMI

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Marcharse de casa

A todos aquellos que dijeron o insinuaron…

Que era una muestra de ingratitud.
De desafecto.
Que era una excentricidad.
Una locura.
Que era un aburrimiento.
Un tedio.
Que era un despilfarro.
Un derroche.
Que era un capricho.
Un antojo.
Que era triste.

Gracias.
Contribuisteis a disipar todas mis dudas.

“Lo que los demás te censuran, cultívalo…
Porque eso eres tú”.
Jean Cocteau.

womanjc

La palabra maldita

Te ha tocado.
Te la quedas.
La llevas.

La palabra maldita.
La que todos prefieren no pronunciar.

Porque no es sólo el pánico a la desaparición.
Es los adjetivos que la acompañan.
Y no es sólo la desaparición y los adjetivos que la acompañan.
Es todo lo de antes.

Es el susto cuando escuchas la palabra maldita.
La negación.
La ira.
La tristeza.
La resignación.
Y las pruebas.

Es la soledad de la espera de las pruebas.
Aunque ya nunca te dejen solo.
La inmensidad de tu conciencia durante la espera de las pruebas.
Irracionalmente avergonzado porque te ha tocado.
Porque la llevas.
Repasando cómo podrías haberlo evitado.
Buscando respuesta a los incontestables porqués.

Es la soledad durante las pruebas.
Sintiéndote más tú mismo que nunca.
Precisamente ahora,
que no eres más que un expediente,
un número, una parte de ti en blanco y negro.
Precisamente ahora,
que dejas de ser todo en lo que te habías convertido
para ser sólo un cuerpo.
Uno de asimetrías y colores semejantes al resto.
Uno desnudo de recuerdos.
Un cuerpo que ya no importa cómo se llama
ni qué voces invocaron alguna vez su nombre.
El cuerpo de alguien que aún se emociona
al escuchar “Dust in the Wind”.
Pero que aquí dentro poco importa.
Bajo estas máquinas, en estos pasillos, entre estas batas.
En este mundo paralelo del que ahí fuera
nadie quiere saber nada.
Como si al conocer uno atrajera la mala suerte.

Es la soledad del final de las pruebas.
Aunque ya nunca te dejen solo.
Cuando te devuelven tu cuerpo y vuelves a vestirlo con su nombre,
y con esa persona que le has ido tejiendo con el paso de los años.
Tu cuerpo, el que ayer censurabas y al que hoy imploras.
Si te saca de esta dejas de beber.
Lo prometes.
Y de fumar y de comer mal.
Y ya no te importarán las imperfecciones.
Y visitarás más a tu madre.
Y encontraras tiempo para pasear.
Y viajarás a aquella playa.
Y nunca jamás te enfadarás por nada.
Lo prometes.

Es la soledad de la espera de los resultados de las pruebas.
Aunque ya nunca te dejen solo.
Cuando un día te sorprendes envidiando a los pájaros.
Porque tal vez mañana mueran atropellados o se los coma un gato.
Pero los envidias.
Porque hoy viven sin saber nada de la palabra maldita.
Porque no tienen que convivir con el miedo.
Porque no tienen que enfrentarse al susto.
Ni a la negación.
Ni a la ira.
Ni a la tristeza.
Ni a la resignación.
Ni a las pruebas.
Ni a saberse sólo cuerpo.
Ni a la soledad.

A todo aquello que aquí fuera poco importa.
Porque queremos no saber, como los pájaros.
Queremos no saber nada de esa soledad,
siempre que no sea la nuestra.
La miramos de soslayo como a los mendigos desdentados
y, como a ellos, esperamos olvidarla al girar la esquina.
Por eso la palabra seguirá siendo maldita.
Porque preferimos continuar pensando que es algo que le pasa a otros.
Que nuestra irremediable desaparición – otro eufemismo –,
será dentro de mucho tiempo.
Tanto, que esperamos para entonces haberla aceptado.
O, al menos, estar tan cansados que queramos que suceda.

Como nos ocurre ahora con la lluvia,
aunque todos prefiramos los días soleados.

NARUMI

birdsonthebeach

Mi padre

Hay quienes tienen hijos con el anhelo de que exista siempre
un niño que les ronde, o al que rondar.
De manera que cuando uno crece,
si sigue siendo un niño, resulta una decepción;
y si deja de ser un niño, resulta una decepción.

Sin embargo, mi padre siempre supo que creceríamos.
Siempre quiso conocer a quienes llegaríamos a ser.
Entendía que la mayor parte de nuestras vidas
conviviríamos como adultos.

Así que con él, crecer nunca fue un delito, siempre un logro.
Y el paso de los años nunca fue una pena, siempre una alegría.

De pequeña, le pedía que escribiera mi nombre en mis libretas,
con sus “ínclitas, maravillosas, mayúsculas vertiginosas”
que siempre he intentado emular.

Entre semana, nos ponía deberes en unos cuadernos apaisados,
sin estrenar pero totalmente demodé, que la imprenta Cervantes
había desechado poco antes de cerrar sus puertas para siempre.
Operaciones matemáticas y búsqueda de palabras
con cuyas acepciones elaborábamos una oración:
“Compraremos al abuelo una maleta nueva
porque la suya está obsoleta”.

Los fines de semana, Mario Bross, Pac-Man y Duck Hunt,
entre otros, se adueñaban del salón.
Nunca supe quién disfrutaba más, si él o nosotras.

Nos llevaba a la antigua biblioteca y utilizábamos su carnet
cuando aún no teníamos edad para uno propio.
Más tarde, leímos algunos de los títulos de aquellos libros
que siempre rememora haber comprado en su adolescencia
por pocas pesetas.
Y así conocimos, por ejemplo, a Daniel el Mochuelo.
Al Lute, cuyo lema sigue aflorando cuando las fuerzas flojean.
Y a Benigna, de quien aprendí de memoria:
“Cada uno, con el aquél de no sufrir,
se emborracha con lo que puede:
ésta con el aguardientazo, otros con otra cosa.
Yo también las cojo, pero no así:
las mías son cosa de más adentro”.

Se mofaba de nuestros ídolos musicales -como Soso Sanz-
por lo que terminamos adoptando a sus irreverentes cantautores,
haciendo de sus letras nuestro credo.
Aunque demasiado tarde para ahorrarle el dispendio
de nuestra primera y casi última comunión.

Y es que nunca ha sido muy dado a los rituales.
Su escepticismo le hace impregnarlos de ironía.
Mi padre es la antítesis de la solemnidad.
De él he aprendido la terapéutica práctica
de reírse de uno mismo.

Disfrutaba enseñándonos contabilidad,
con sus asignaciones semanales y más tarde, mensuales.
Viéndonos apuntar en nuestras libretas (apaisadas)
todos los “debe” y los “haber”.

Porque no le gusta el fútbol, ni los toros, ni los bares.
Su afición son los números, las estadísticas, los hallazgos.
Retiene los datos curiosos que lee aquí y allá,
para referirlos después, frotándose con ímpetu las manos.

También fue un visionario
con aquél curso de inglés por fascículos que nos compró
cuando yo apenas contaba ocho años.

Pero su mejor regalo fue recortar semanalmente con esmero
la columna que escribía Antonio Gala en los 90:
“Carta a los Herederos”.
Yo me las encontré por casa recopiladas en el 2000:
aquellas epístolas habían sido escritas para mí.
O tal vez mi padre no las guardara para nosotras.
Tal vez las archivara para sí mismo.
Porque también sintió que estaban escritas para él.
Porque también él se sintió heredero.
“Avanzad desnudos de experiencias ajenas,
sin usar un escudo como arma,
sin el amargor previo de una opinión desencantada
ni de un sentimiento defraudado,
sin aceptar en herencia nada que estiméis malo
o que os sepa a desilusión o rendición”.

Quizá por ello ha sabido adaptarse a cada tiempo.
Aprendió a utilizar Hotmail, Messenger y Skype
para comunicarse con nosotras cuando vivíamos en el extranjero.
No tardamos en verlo aparecer por Facebook
y domina whatsapp, siempre que tenga sus gafas a mano.
Aunque hace sus propias indagaciones,
está siempre abierto a nuestras recomendaciones
seriéfilas o cinematográficas.
Y hasta es fan de Roy Galán…

Pero lo mejor de este escrito
es poder mezclar tiempos verbales.
Lo mejor de este escrito
es poder leérselo en voz alta.

Así que papá,
sigue abrazándote a nuestro pino del campo.
Sigue despertando a tu sistema linfático.
Sigue paseando a diario y hablando solo
(te recomiendo que uses auriculares
para disimular, como yo hago).
Continúa buscando el elixir de la juventud eterna
para cumplir con tu plan de hacerte centenario.
Que sólo envejece aquél que comienza a creer que la vida
no merece ya que uno siga siendo un herbolario.

NARUMI

 

paseosveraniegos

 

Nuestras abuelas

Nuestras abuelas se mueren.
Supervivientes de guerras, dictaduras y coerciones.
Supervivientes de duelos de hijos, sueños y amores.
Supervivientes de la vida.
Ahora, se mueren.
Y ya apenas nos quedan dos o tres.

Estamos perdiendo una generación.

Con su muerte se llevan el luto, el orinal, los rulos.
La abnegación ciega.
A los padres, al marido, a los hijos.
Porque ellas ya lo sabían todo.
Pero no podían.
Por eso animaron a sus hijas a que sí pudieran.

Y luego llegamos nosotras.

Nietas que las amábamos con locura
aunque nunca quisimos ser como ellas.
Deseábamos estar por encima de las apariencias,
del qué dirán, de la abnegación.
Y hacemos lo que podemos.
Aunque se nos están muriendo y nos duela.

Porque las abuelas son como casi todos los amores:
no importa cuánto duren, siempre es demasiado poco.

Si el paraíso existe, como ellas creían,
se estarán organizando.
Para enjalbegar las fachadas
y tener las puertas bien barridas.
Sacudir las mantas, las alfombras, las cortinas.
Y los trapos sucios de la familia.

Desde un balcón, desde la acera de enfrente
o en mitad de la calle,
se darán los buenos días.
Con ganas.
Con franqueza.
Sin prisa.

Irán o regresarán del mercado
con sus bolsas del pan de tela.
Conversarán sonrientes,
reconociéndose las unas a las otras
en sus ropas oscuras,
en sus gafas de pasta dorada,
en sus cardados con peines de mango de púa
y mucha laca.

Algunas habrán olvidado quitarse el mandil y otras, las alpargatas.

Tal vez habrá aroma de cocido en el ambiente,
promesa de croquetas.
Y se oirá un gallo cantar con retraso en la lejanía.
Por la tarde, trinarán los pájaros en un cielo muy azul
y se escuchará el jolgorio de los niños
a la salida de la escuela.

Las campanas de San Sebastián repicarán

Nuestras abuelas regresarán a sus casas,
donde encenderán las estufas y la vela de la Virgen,
que les toca custodiar esta semana.
Se sentarán junto a la ventana a zurcir un calcetín
y tejer algún recuerdo,
mientras ven morir el día.

Sonreirán al inhalar familiaridad.

Después de tantos años en los que se han sentido
ajenas a ellas mismas.
En otra casa.
En otro cuerpo.
En otra vida.

Y nosotras,
que no creemos en el paraíso,
pensaremos que,
aunque no fuera perfecto,
ya lo han conocido.

NARUMI

 

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Los ellos

Nos han educado en la dualidad.
Los hombres y las mujeres.
Los guapos y los feos.
Los listos y los torpes.
Los malos y los buenos.
Los “ellos” y los “nosotros”.

Nos han educado en la desconfianza hacia los demás.
En vivir acorazados, a la defensiva.
En la seguridad en detrimento de la curiosidad.
En el orgullo en detrimento de la empatía.
En el ensalzamiento de lo propio y el desprestigio de lo ajeno.

Nos han educado en la división en lugar de la suma.
Y así, fraccionamos en lugar de aumentar.
La tierra. La cultura. La lengua. Los ideales.

Y han hecho tan bien su trabajo de instrucción
que hasta quienes preferimos la suma
nos acobardamos ante el deseo de compartir
algo que nos ha tocado
—una canción, un film, un testimonio—
si proviene del otro lado.
De los otros. De los ellos.

Finalmente ha resultado que todos tenemos algo en común:
nos han educado de la misma manera y
todos hemos sido incapaces de desprogramarnos.

Como si todos no hubiéramos tenido alguna vez un amigo imaginario.
Como si todos no hubiéramos pedido alguna vez algo a nuestro ángel de la guardia.

NARUMI

 

 

 

Mi vecina

Cuando mi vecina se mira al espejo siempre ve a otra mujer reflejada.
Una de rostro pálido y avejentado, del que solo sabe que no le agrada.
Mi vecina no recuerda dónde vivimos ni el nombre de sus padres.
Y donde debería aparecer el suyo sólo hay una gran nube blanca.
Está convencida mi vecina de que nunca tuvo hijos y de que
esos niños no son sus nietos, por más que los obliguen a besarla.
A mi vecina le gusta escuchar la radio cuando ponen música.
Tanto, que ya solo pronuncia bien las palabras cuando canta.
Pero lo que más adora mi vecina es la tortilla de patatas.
Aunque solo si él se sienta a la mesa y le ayuda a masticarla.

Porque a él sí lo conoce, de él sí que se acuerda.

No tiene nada claro cómo ha llegado hasta aquí, hasta ahora.
Pero sabe que se llama Cariño y que siempre la lleva de la mano.
Y mi vecina le besa y le besa, mientras los demás la miramos raro.
Ella le besa en casa, por la calle y en el súper.
Cuando él conduce, cuando cocina, ella le besa.
Y si a veces él suavemente se aparta, mi vecina, con insistencia,
comienza a estirarle de la camisa las arrugas que no lleva.

Cuando cae la noche me pregunto: mi vecina, ¿cómo sueña?
¿Sigue siendo en sus ensoñaciones una existencia sin alma
o vuelve a ser la mujer de siempre durante el sueño pero
es incapaz de recordarlo cuando despierta por la mañana?

Anoche, mientras ella lo besaba alegremente en la cara
escuché cómo Cariño con voz queda le decía:
“Eres una gran aficionada a los gestos cotidianos”.
Y mi vecina con la mirada perdida, imagino, asentía.
“Me alegra que al menos tú encuentres algo de paz
en esta irrealidad que, por no abdicar, llamamos vida”.
NARUMI

 

justhalf