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Te dejo, amor, el mar en prenda.

Tota la meva vida es lliga a tu,
com en la nit les flames a la fosca.
Bartomeu Rosseló-Porcel

He vivido nueve meses de idilio con otra lengua. Y esta vez no ha sido por amor. Aunque amor es todo cuanto me he encontrado. En las bandas musicales, en el cine, en la radio y especialmente en la literatura. Será que pese a vivir en la era de la imagen, de la tecnología  y de la posverdad, el amor y las emociones que en él se incluyen – que son todas – siguen siendo el epicentro de la sociedad y del arte en cualquier lengua.

Este idilio, además, ha tenido lugar en plenas cruzadas. Como buena historia de amor del tipo chica rica conoce a chico pobre u hombre blanco se enamora de mujer negra. El pueblo huyendo de la o tancada  y yo en su búsqueda, como si del Santo Grial se tratara.

Esta lengua me ha enamorado (como seguramente podría haberlo hecho cualquier otra) con pequeños gestos. Por ejemplo, detenerme en el doble significado del verbo “sentir”. Su primera acepción es “percibir sonidos mediante el sentido del oído”. Es decir que, cuando una persona oye a otra, la siente. “Parla, que t’estic sentint”. Es bonito pensar que cuando hablamos, hay alguien que nos está sintiendo.

Existen otras particularidades derivadas de la pronunciación. En la variedad estándar, donde se ha perdido la distinción a la hora de pronunciar la b y la v, como ya ocurriera en el castellano de España en la Edad Media, “bellesa” i “vellesa” son totalmente indistinguibles. Me imagino cómo debe ser crecer en una lengua materna donde belleza y vejez son la misma palabra, en lugar de vivenciarlos como conceptos opuestos. Por el mismo motivo, “besar” suena exactamente igual que “vessar”, cuyo significado es “derramarse”. Como si al besar, derramáramos un poco de nosotros en aquella boca…

En fin, tal vez esta historia acabe aquí. O quizá solo sea una pausa, como la que ya antaño vivimos. En cualquier caso, este idilio me deja en prenda el cariño y la curiosidad por los idiomas, sean estos o no los más hablados o demandados del mundo.

Comparto la introducción de uno de los relatos maravillosos que componen el precioso libro de Carme Riera, “Te deix, amor, la mar com a penyora”.

<<Para ti, tiene un significado bien diferente esta historia, y no te lo reprocho. Ya desde el principio querías exponerme tus teorías, lo que pensabas sobre la vida y la muerte… Y, por supuesto, sobre la manera de entender este tipo de juego.  Desde el principio lo dejaste bien claro, con letras de molde, pintadas con barra de labios sobre el espejo de la habitación, repasadas con un lápiz delineador para remarcar los ojos: UNA AVENTURA MÁS. Después hablaste de los riesgos del juego, del apasionado riesgo de un cuerpo junto a otro. E hicimos el amor como los cánones de la estética mandan. Como habría recomendado Safo en uno de sus libros quemados en las hogueras de los ortodoxos de Alejandría, una noche sin luna >>

NARUMI

mar ii

 

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Ventanas

La primera ventana de mi vida daba a una estrecha terraza que colindaba con un solar abandonado cuyos matorrales suponían el paisaje más agreste que yo había visto hasta entonces. Al otro lado de la calle, los vecinos de un bloque de pisos se asomaban a sus minúsculos balcones a fumar, tender o depositar las chillonas botellas de butano. Aún no despertaban mi curiosidad: el mundo imaginario que yo creaba en mi habitación era más amplio.

La segunda ventana de mi vida daba a una pequeña casa casi abandonada, cuyos dueños sólo utilizaban como cochera. La farola que presidía aquella fachada fue mi reloj de sol durante años. Junto a esta segunda ventana me saqué la secundaria, lloré mis primeras desventuras amorosas, aprendí las rutinas del vecindario, soñé con otras ventanas y terminé el bachillerato.

La tercera ventana de mi vida daba a una avenida continuamente inundada por el tráfico. Recuerdo poco más que el gris de la ciudad y el rojo de una barandilla contigua. No era la ventana de mis sueños pero en aquel momento bastaba con estrenar ventana.

La cuarta ventana de mi vida daba a un minúsculo patio de luces. Todo cuanto veía era un muro que había palidecido con los años, como un preso. Si te asomabas por completo, en la cocina del 3º podía verse unos enormes geranios que a mí me entristecían. Me hacían sentir que quien allí viviera se había resignado a esas vistas para siempre. Pensaba en cuánta gente habría en aquella ciudad y en el mundo a la que le hubiera ocurrido lo mismo y si a mí también me pasaría.

La quinta ventana de mi vida estaba al otro lado del pasillo y daba a una escuela. Por una vez tuve suerte en un sorteo. Gracias al patio del colegio, siempre entraba un sol brillante y alegre, impregnado del griterío enérgico de quienes no tienen pasado y no piensan en el futuro. Mirando por aquella ventana decidí que aún debía quedarme algún lugar más al que asomarme.

La sexta ventana de mi vida daba a un pequeño jardín trasero en otro país. Quizá haya sido la ventana con las vistas más bonitas. Pero para cuando empezó a entrar por ella el sol, ya era demasiado tarde para calentarme: echaba de menos mi casa.

La séptima ventana de mi vida daba a otro bloque de pisos del que colgaban banderas regionales, nacionales y con el águila de San Juan. Aquél año, que tenía que estudiar muchísimo, cambié la distribución de mi escritorio: dicen que si eres diestro, la luz ha de entrarte por el lado izquierdo.

La octava ventana de mi vida fue de nuevo la segunda. Pero yo ya no era la misma.

La novena ventana de mi vida volvió a dar a un patio interior. Un niño tocaba la flauta todos los días a las 4 de la tarde y estaba regado por plantas trepadoras pugnando por llegar hasta el final de la pared y alcanzar la luz del mediterráneo. Igual que yo en aquella época.

La décima y última ventana de mi vida hasta el momento también da a un patio, pero no de vecinos, como el de los geranios o las plantas trepadoras. Es un patio de pueblo, con suelo y paredes desconchadas pero presidido por tres árboles que los pájaros visitan a diario. Permite ver cierto horizonte — varios tejados, la torre de una iglesia, una antena muy alta y una veleta con un gallo siempre mirando al norte —, el cielo y su gama cromática.

Aquí estoy: sentada una tarde más de mi vida frente a una ventana.
Tal vez sería mejor, tal vez sería peor.
Pero muy probablemente no sería quien soy sin todo el tiempo pasado junto a esas ventanas.

NARUMI

 

Perdónanos

Si el despertador suena a la misma hora de cada día y nos levantamos.
Perdónanos.
Si aspiramos el aroma del café y enlazamos los dedos alrededor de la taza caliente.
Perdónanos.
Si nos damos una ducha entre olores de flores y frutas.
Perdónanos.
Si escogemos un jersey y no cualquier otro y hasta nos perfumamos.
Perdónanos.
Si salimos a la calle y el frío nos arrebola las mejillas.
Perdónanos.
Si cerramos los ojos para sentir el sol a través de nuestros párpados.
Perdónanos.
Si le damos los buenos días a la vecina, al cartero, a las nubes.
Perdónanos.
Si aún podemos bromear con nuestros padres.
Perdónanos.
Si tarareamos descuidadamente alguna canción y la bailamos.
Perdónanos.
Si conducimos mirando el sol ponerse por el espejo retrovisor.
Perdónanos.
Si tenemos hambre y sueño y ganas de hacer el amor.
Perdónanos.
Si cuando llegue el verano, alguna noche nos sentimos eternos.
Perdónanos.

Dicen que cada pérdida conlleva siempre una ganancia.
Y que todo lo que la muerte roza lo convierte en oro.
Es tan difícil que no sé si creerlo posible.
Pero sí creo que sea lo único que pueda dar algo de sentido al sinsentido.

Así que perdónanos si tratamos de honrar un poco cada día tu pérdida.

 

NARUMI

Storm__Thorgerson_Wake_Up_and_Smell_the_Coffee_

Marcharse de casa

A todos aquellos que dijeron o insinuaron…

Que era una muestra de ingratitud.
De desafecto.
Que era una excentricidad.
Una locura.
Que era un aburrimiento.
Un tedio.
Que era un despilfarro.
Un derroche.
Que era un capricho.
Un antojo.
Que era triste.

Gracias.
Contribuisteis a disipar todas mis dudas.

“Lo que los demás te censuran, cultívalo…
Porque eso eres tú”.
Jean Cocteau.

womanjc

La palabra maldita

Te ha tocado.
Te la quedas.
La llevas.

La palabra maldita.
La que todos prefieren no pronunciar.

Porque no es sólo el pánico a la desaparición.
Es los adjetivos que la acompañan.
Y no es sólo la desaparición y los adjetivos que la acompañan.
Es todo lo de antes.

Es el susto cuando escuchas la palabra maldita.
La negación.
La ira.
La tristeza.
La resignación.
Y las pruebas.

Es la soledad de la espera de las pruebas.
Aunque ya nunca te dejen solo.
La inmensidad de tu conciencia durante la espera de las pruebas.
Irracionalmente avergonzado porque te ha tocado.
Porque la llevas.
Repasando cómo podrías haberlo evitado.
Buscando respuesta a los incontestables porqués.

Es la soledad durante las pruebas.
Sintiéndote más tú mismo que nunca.
Precisamente ahora,
que no eres más que un expediente,
un número, una parte de ti en blanco y negro.
Precisamente ahora,
que dejas de ser todo en lo que te habías convertido
para ser sólo un cuerpo.
Uno de asimetrías y colores semejantes al resto.
Uno desnudo de recuerdos.
Un cuerpo que ya no importa cómo se llama
ni qué voces invocaron alguna vez su nombre.
El cuerpo de alguien que aún se emociona
al escuchar “Dust in the Wind”.
Pero que aquí dentro poco importa.
Bajo estas máquinas, en estos pasillos, entre estas batas.
En este mundo paralelo del que ahí fuera
nadie quiere saber nada.
Como si al conocer, uno atrajera la mala suerte.

Es la soledad del final de las pruebas.
Aunque ya nunca te dejen solo.
Cuando te devuelven tu cuerpo y vuelves a vestirlo con su nombre,
y con esa persona que le has ido tejiendo con el paso de los años.
Tu cuerpo, el que ayer censurabas y al que hoy imploras.
Si te saca de esta dejas de beber.
Lo prometes.
Y de fumar y de comer mal.
Y ya no te importarán las imperfecciones.
Y visitarás más a tu madre.
Y encontrarás tiempo para pasear.
Y viajarás a aquella playa.
Y nunca jamás te enfadarás por nada.
Lo prometes.

Es la soledad de la espera de los resultados de las pruebas.
Aunque ya nunca te dejen solo.
Cuando un día te sorprendes envidiando a los pájaros.
Porque tal vez mañana mueran atropellados o se los coma un gato.
Pero los envidias.
Porque hoy viven sin saber nada de la palabra maldita.
Porque no tienen que convivir con el miedo.
Porque no tienen que enfrentarse al susto.
Ni a la negación.
Ni a la ira.
Ni a la tristeza.
Ni a la resignación.
Ni a las pruebas.
Ni a saberse sólo cuerpo.
Ni a la soledad.

A todo aquello que aquí fuera poco importa.
Porque queremos no saber, como los pájaros.
Queremos no saber nada de esa soledad,
siempre que no sea la nuestra.
La miramos de soslayo como a los mendigos desdentados
y, como a ellos, esperamos olvidarla al girar la esquina.
Por eso la palabra seguirá siendo maldita.
Porque preferimos continuar pensando que es algo que le pasa a otros.
Que nuestra irremediable desaparición – otro eufemismo –,
será dentro de mucho tiempo.
Tanto, que esperamos para entonces haberla aceptado.
O, al menos, estar tan cansados que queramos que suceda.

Como nos ocurre ahora con la lluvia,
aunque todos prefiramos los días soleados.

NARUMI

birdsonthebeach

Mi padre

Hay quienes tienen hijos con el anhelo de que exista siempre
un niño que les ronde, o al que rondar.
De manera que cuando uno crece,
si sigue siendo un niño, resulta una decepción;
y si deja de ser un niño, resulta una decepción.

Sin embargo, mi padre siempre supo que creceríamos.
Siempre quiso conocer a quienes llegaríamos a ser.
Entendía que la mayor parte de nuestras vidas
conviviríamos como adultos.

Así que con él, crecer nunca fue un delito, siempre un logro.
Y el paso de los años nunca fue una pena, siempre una alegría.

De pequeña, le pedía que escribiera mi nombre en mis libretas,
con sus “ínclitas, maravillosas, mayúsculas vertiginosas”
que siempre he intentado emular.

Entre semana, nos ponía deberes en unos cuadernos apaisados,
sin estrenar pero totalmente demodé, que la imprenta Cervantes
había desechado poco antes de cerrar sus puertas para siempre.
Operaciones matemáticas y búsqueda de palabras
con cuyas acepciones elaborábamos una oración:
“Compraremos al abuelo una maleta nueva
porque la suya está obsoleta”.

Los fines de semana, Mario Bross, Pac-Man y Duck Hunt,
entre otros, se adueñaban del salón.
Nunca supe quién disfrutaba más, si él o nosotras.

Nos llevaba a la antigua biblioteca y utilizábamos su carnet
cuando aún no teníamos edad para uno propio.
Más tarde, leímos algunos de los títulos de aquellos libros
que siempre rememora haber comprado en su adolescencia
por pocas pesetas.
Y así conocimos, por ejemplo, a Daniel el Mochuelo.
Al Lute, cuyo lema sigue aflorando cuando las fuerzas flojean.
Y a Benigna, de quien aprendí de memoria:
“Cada uno, con el aquél de no sufrir,
se emborracha con lo que puede:
ésta con el aguardientazo, otros con otra cosa.
Yo también las cojo, pero no así:
las mías son cosa de más adentro”.

Se mofaba de nuestros ídolos musicales -como Soso Sanz-
por lo que terminamos adoptando a sus irreverentes cantautores,
haciendo de sus letras nuestro credo.
Aunque demasiado tarde para ahorrarle el dispendio
de nuestra primera y casi última comunión.

Y es que nunca ha sido muy dado a los rituales.
Su escepticismo le hace impregnarlos de ironía.
Mi padre es la antítesis de la solemnidad.
De él he aprendido la terapéutica práctica
de reírse de uno mismo.

Disfrutaba enseñándonos contabilidad,
con sus asignaciones semanales y más tarde, mensuales.
Viéndonos apuntar en nuestras libretas (apaisadas)
todos los “debe” y los “haber”.

Porque no le gusta el fútbol, ni los toros, ni los bares.
Su afición son los números, las estadísticas, los hallazgos.
Retiene los datos curiosos que lee aquí y allá,
para referirlos después, frotándose con ímpetu las manos.

También fue un visionario
con aquél curso de inglés por fascículos que nos compró
cuando yo apenas contaba ocho años.

Pero su mejor regalo fue recortar semanalmente con esmero
la columna que escribía Antonio Gala en los 90:
“Carta a los Herederos”.
Yo me las encontré por casa recopiladas en el 2000:
aquellas epístolas habían sido escritas para mí.
O tal vez mi padre no las guardara para nosotras.
Tal vez las archivara para sí mismo.
Porque también sintió que estaban escritas para él.
Porque también él se sintió heredero.
“Avanzad desnudos de experiencias ajenas,
sin usar un escudo como arma,
sin el amargor previo de una opinión desencantada
ni de un sentimiento defraudado,
sin aceptar en herencia nada que estiméis malo
o que os sepa a desilusión o rendición”.

Quizá por ello ha sabido adaptarse a cada tiempo.
Aprendió a utilizar Hotmail, Messenger y Skype
para comunicarse con nosotras cuando vivíamos en el extranjero.
No tardamos en verlo aparecer por Facebook
y domina whatsapp, siempre que tenga sus gafas a mano.
Aunque hace sus propias indagaciones,
está siempre abierto a nuestras recomendaciones
seriéfilas o cinematográficas.
Y hasta es fan de Roy Galán…

Pero lo mejor de este escrito
es poder mezclar tiempos verbales.
Lo mejor de este escrito
es poder leérselo en voz alta.

Así que papá,
sigue abrazándote a nuestro pino del campo.
Sigue despertando a tu sistema linfático.
Sigue paseando a diario y hablando solo
(te recomiendo que uses auriculares
para disimular, como yo hago).
Continúa buscando el elixir de la juventud eterna
para cumplir con tu plan de hacerte centenario.
Que sólo envejece aquél que comienza a creer que la vida
no merece ya que uno siga siendo un herbolario.

NARUMI

 

paseosveraniegos

 

Los ellos

Nos han educado en la dualidad.
Los hombres y las mujeres.
Los guapos y los feos.
Los listos y los torpes.
Los malos y los buenos.
Los “ellos” y los “nosotros”.

Nos han educado en la desconfianza hacia los demás.
En vivir acorazados, a la defensiva.
En la seguridad en detrimento de la curiosidad.
En el orgullo en detrimento de la empatía.
En el ensalzamiento de lo propio y el desprestigio de lo ajeno.

Nos han educado en la división en lugar de la suma.
Y así, fraccionamos en lugar de aumentar.
La tierra. La cultura. La lengua. Los ideales.

Y han hecho tan bien su trabajo de instrucción
que hasta quienes preferimos la suma
nos acobardamos ante el deseo de compartir
algo que nos ha tocado
—una canción, un film, un testimonio—
si proviene del otro lado.
De los otros. De los ellos.

Finalmente ha resultado que todos tenemos algo en común:
nos han educado de la misma manera y
todos hemos sido incapaces de desprogramarnos.

Como si todos no hubiéramos tenido alguna vez un amigo imaginario.
Como si todos no hubiéramos pedido alguna vez algo a nuestro ángel de la guardia.

NARUMI