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Dos miles diecisietes

Entiendo que el día transcurra entre dos soles,
entre aproximadamente dos lunas, los meses
y que las estaciones las delimiten los frutos.

Pero nunca comprendí a los minutos,
la mayoría de las horas me desconciertan
y de los años jamás sentí mía su estructura
de diciembres finales y prósperos eneros.

Mi imperecedera alma de estudiante
más afín se siente dando los años por conclusos
con el último atardecer de agosto e inaugurándolos
con la primera lluvia de septiembre.

Aunque, por lo que a mí respecta,
este último año podría haber acabado
la misma noche en la que lo comenzamos.

O aquella otra en vela, de insomnio
que se tornó en poema.
O la que unos ojos medio amarillos, medio grises,
me devolvieron mi oasis: a mi abuela.

Podría haber acabado el año aquella tarde de invierno,
en la que descubrimos que seríamos siempre sólo nosotros,
solos, decidiendo en qué convertir a los otros.

O el día que depuse al fin tus sombras y me mudé de locura.
O aquel otro en el que nos reencontramos y las carcajadas
fueron la banda sonora de nuestra despedida.

De buen grado habría dado por terminado el año
junto a los niños y las mil vidas que me evocaron.

Podría haber acabado el año aquella tarde de primavera
en la que descubrí que habían colocado una fuente
en el lugar del banco de los besos con lengua.

O el día en el que hubo que defraudar al viento,
a los árboles, a las hojas, a las aguas y a los pájaros,
confesándoles que se quedarían sin conocerlo.

Podría haber acabado el año aquella tarde de verano
en la que me reencontré a mi tío en su cueva
entre los restos de su gran naufragio.

O aquella en la que me convertí en Edith
y en su amargor que la brisa siempre acaba borrando.
O cuando el orden se invirtió y fue mi vida la que,
por un instante, a la muerte aturdió.

Podría haber acabado el año el día que al fin
comunicó el samurái de la verdad pura
que se había quedado desnudando una musa.

O podría el año no haber nunca acabado,
vivir eternamente en el mismo día,
como les sucede a Cariño y a mi vecina.

Podría haber acabado el año aquel atardecer de otoño
en el que tuvimos que restar una abuela
al ya escuálido monto.

O aquel en el que me rendí a la perfección de lo imperfecto.
O en el que todos perdimos porque la dualidad venció.
O el día en el que celebramos el 65º noviembre de mi padre.

Podría haber acabado el año de regreso a este invierno
el día en el que no tuvimos más remedio
que escuchar en voz alta la palabra maldita.

O aquel, hace tan poco, en el que nos rozó la muerte,
tentándonos a convertir en oro la mala suerte.

Seguramente el año acabó todos esos días.
Y también el resto.
Seguramente el año empezó todos esos días.
Y también el resto.

Todos los días que pensé que ya nunca más escribiría.
Que lo dejo.
Y todos los días que me senté de nuevo a hacerlo.

NARUMI

trizas2017

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Carta abierta

Cuando recibí aquella que titulaste “carta abierta” pensé que la denominabas así con la esperanza de que no hubiera un cierre. Y yo, que nunca he sido demasiado buena para los finales, te contesté. Y así estuvimos, tratando de convencernos a nosotros mismos más que al otro, de que lo que pensaba cada uno era lo correcto. En realidad, es así como vivimos todos la mayoría del tiempo, pero en las crisis se evidencia más. Sin embargo, más tarde aprendí que una carta abierta es aquella que aun dirigiéndose a una persona en concreto, se muestra de manera pública, como ésta. Aunque aquí la audiencia sea muy reducida y ni siquiera sepa si visitas mis intentos de escritura alguna vez como para encontrártela. A pesar de ello, prefiero este método para evitar las rencillas, las cuales ya podemos catalogar de “viejas”, que inevitablemente han surgido en los anteriores intentos de interacción y que a ambos nos hastían. También lo escojo porque así, al igual que una casa que se ventila a menudo, la limpieza es mayor.

Así pues, te cuento que leí un artículo donde se señalaba que es científicamente imposible que a las palabras se las lleve el viento. El sonido no puede abandonar la Tierra, puesto que no se propaga al vacío. Las ondas de sonido son una forma de energía y la energía nunca desaparece. Se disipa hasta el punto que resulta imperceptible de cualquiera de las maneras. Pero no desaparece. ¡Ajá! Tendrían que dar mayor difusión a este hecho para que la gente pensara más las cosas que dice, ¿no crees?

Asimismo, escuché en una película que podría gustarte pese a su rareza o por ella: “El amor es una cuestión de oportunidad, de nada sirve encontrar a la persona idónea demasiado pronto o demasiado tarde. Si yo hubiera vivido en otro momento, en otra ciudad, mi historia podría haber tenido un final muy diferente”. Mentiría si te dijera que fuiste la primera persona en quien pensé y no creo que te sorprenda: ha pasado mucho tiempo. Pero la corriente de pensamiento me llevó hasta ti. Qué habría sido de nosotros de habernos encontrado en una ciudad diferente o en la misma ciudad. O en un momento distinto, uno con más oportunidades o con menos incertidumbres. Años antes, más tiernos. Años después, más maduros… Qué cosas de las que nos distanciaron ni se hubieran dado.
Pero después me cuestioné si tal vez no hacía esta frase más que responsabilizar de todo a las circunstancias. Algo que contradice mi habitual estilo, impregnado, para bien o para mal, de idealismo y estoicidad en el que querer es poder. Sin embargo, en estos años he hecho tantas cosas que nunca pensé que acabaría haciendo y algunas no han resultado tan malas y otras han sido incluso buenas, que a menudo me sorprendo revisando mis verdades más absolutas en un relativismo que a mí misma me acaba aburriendo pero del que ya no puedo hacer marcha atrás sin sentir que falto a la verdad. “Eso ya lo hacías, chica de las dudas infinitas”, me dirás. No necesito que me contestes para saberme tus respuestas. Otro motivo más para una carta abierta. O tal vez me equivoque al adivinar tus réplicas pues tal vez tú (también) hayas cambiado. “Cuando algo no cambia, muere” dijo un famoso arquitecto. Quizá fue ese el problema de lo nuestro.

Tal vez esta carta tenga su origen sencillamente en el momento en el que me pregunté si un feliciano de la vida como tú se estaría paseando por las Ramblas a las cinco de la tarde en pleno mes de agosto. Y me asomé a tu vida. Había pasado mucho tiempo desde la última vez, a pesar de que hace años que dejé de temerle al tsunami, que era como denominaba al hecho de que conocieras a alguien, porque la ola que realmente lo arrasa todo no es tanto la que va a la tierra como la que vuelve de regreso al mar. En ese atisbar, comprobé con alivio que sigues respetando la hora de la siesta y que estás cumpliendo sueños, como tú los llamas. Me alegro mucho. Tus desventuras nunca alimentarían mi felicidad. Si bien es cierto que me imagino que Facebook seguirá siendo sólo la punta del iceberg de tu vida. Hay cosas que no cambian.

Reconozco el inicio de rencillas hasta cuando no hay interacción directa, por lo que mejor será despedirme ya.

No sé si las palabras o los gestos. Si el momento, la ciudad, las circunstancias o si la persona idónea si quiera. Qué más da y a quién interesa ya. Lo único importante es que las personas a quienes hemos amado pueden disiparse hasta no percibirlas, como los sonidos en la Tierra, pero nunca desaparecen de nuestro universo.

Si te quedas callado

Si te quedas callado, puedo imaginarme que eres otro.
El que yo concebí, mi creación.
Uno que tenía tu nombre y llevaba tus camisas
que se peinaba como tú y al sonreír
le asomaban en los ojos las mismas líneas.

Si te quedas callado, puedo recordarte tal y como no eras.
Comprobar si tienen memoria las caricias,
si guardan el calor los cuerpos o el frío los pies.
Averiguar si es verdad que no existe el pasado
ni siquiera la sombra de su impronta.

Si te quedas callado, puedo improvisar lo que no pasó.
Que necesitaste un duelo creativo
para simular que había valido la pena.
Que te publicaron en una revista
y escribiste cartas a mis cantantes preferidos.
Que me dedicaste un blog.

Si te quedas callado…
Pero prefiero que hables y escuchar lo que dices.
Que seas verdad y sea mentira el de antes.
Que nos haga tanta gracia la realidad:
mi locura tenaz y tu terca huida.
Y sean así nuestras carcajadas
la banda sonora de la despedida.
Que pensemos que, si el pasado existe
y su impronta tiene forma,
es de sonrisa.

NARUMI

Sólo tú

“Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
atravesado por un rayo de sol:
y, de pronto, anochece”.

Salvatore Quasimodo

Temes a la soledad.

Como si fuera algo venidero y no presente.
Como si fuera algo sorteable y no seguro.
Como si no estuviéramos solos ya.

Tal vez aún no te hayas dado cuenta.
Pero siempre eres sólo tú.

En cualquier situación.
Cuando estás entre amigos.
Cuando estás en familia.
Cuando haces el amor.
Y cuando estás solo.

Siempre eres sólo tú.

Tú percibiendo. Tú sintiendo.
Tú recibiendo información.
Y tú procesándola. Codificándola.
Tú decidiendo qué juicio emites.
Tú decidiendo si emites algún juicio.

Siempre eres sólo tú.
Cuando eras un niño sólo eras tú. Más sólo tú que nunca.
Reinando soberano, solo, en tu pequeño mundo.
Cuando vayas a morirte, sólo serás tú. Más sólo tú de nuevo que nunca.
Marchando en un tren, solo, en el que es imposible que viaje nadie más.

Te detectan un cáncer y eres sólo tú, aunque no vuelvan a dejarte solo nunca más.
Logras una meta y eres sólo tú, aunque lo celebren contigo.
Te equivocas y eres sólo tú, aunque le quiten importancia.

Tú sintiendo, procesando, emitiendo.
Y no hay nadie más.
Los otros sólo son información.
Sensitiva.
Sensorial.
Semántica

Y siempre privilegiada.

Porque te permiten decidir qué hacer con ella.
Si la digieres o la escupes.
Si la ignoras o la utilizas.
Si la reciclas o la desechas.
Si la entierras o la plantas y la riegas.

Sólo tú, decidiendo solo, en qué conviertes a los otros.
Distractores, con los que fingir que no existe tu soledad.
Potenciadores, a los que abrazar desde allí.

 

NARUMI

 

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Siete del mes dos

Hoy nos unirá la distancia.
Tú, en tu ciudad mediterránea.
Y yo, en mi tierra llana.

Hoy nos unirá el olvido.
Tú, queriéndolo sepultar.
Y yo, evocándolo un año más.

Hoy nos unirá la soledad.
Tú, culpándome de ella.
Y yo, invitándola a cenar.

Hoy nos unirá el calendario,
la agenda, el teletexto,
los titulares del noticiario.

Siete,
del mes dos,
del año aquél.

Hoy nos unirá la brecha
que alberga lo que fue y no fue.
Tan ancha y tan estrecha.

La misma que nos acerca y nos aleja

 NARUMI

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Efemérides

Se pasó el aniversario del desaniversario y no escribí.
No fue el olvido quien lo impidió.
La prisa, la urgencia, vivir…, me tuvieron ocupada.
Qué hubiera dicho, de todas formas…
¿Hace un año del dolor de barriga?
¿Hace un año del silencio?
¿Hace un año de la nada?
La gente tiene tendencia a conmemorar hasta lo más nimio.
Son conmemoradictos.
Yo siempre lo he sido.
Como si el recuerdo de algo pudiera impedir su disolución en el tiempo…
Así que este no haber acudido aquí sea seguramente un buen síntoma.
Un síntoma de curación.
Un síntoma de olvido.
Un síntoma de presente.
Quizá sea hasta un orgullo, un motivo de vanagloria.
Así que me enorgullezco, me vanaglorio.
Y sigo.
Porque para el reto aún queda otro mes.
El mes que falta para conmemorar el inicio de este proyecto.
Que será la auténtica efeméride.

NARUMI

MIENTRAS DUERMO

En alguna parte del mundo, mientras yo duermo,
hay una mujer que está siendo violada
hay un niño que llora de hambre
hay alguien buscando en un alféizar un motivo para no saltar
hay un cuerpo entre las vías que no encontró motivos
hay un joven descalzo en una lancha en mitad del mar
hay unos padres que reciben una llamada que les parte la vida
hay un mendigo que soporta una paliza
hay alguien arrodillado vomitando en la taza del váter
hay alguien durmiendo en el sofá de un tanatorio
0hay alguien maniatado a una silla, temblando
hay una familia intentando cruzar el Darién

Pero mientras yo duermo, en alguna parte del mundo
hay alguien haciendo el amor
hay una madre que está dando a luz
hay un japonés viendo amanecer
hay dos adolescentes que se dan su primer beso
hay un hombre escuchando la 9ª sinfonía de Beethoven
hay una médico salvando una vida
hay un escritor concluyendo su novela
hay dos hermanos separados reencontrándose
hay un niño que esa noche ha vencido algún miedo
hay alguien viajando en avión
hay un joven leyendo a Kavafis.

NARUMI

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