Carta abierta

Cuando recibí aquella que titulaste “carta abierta” pensé que la denominabas así con la esperanza de que no hubiera un cierre. Y yo, que nunca he sido demasiado buena para los finales, te contesté. Y así estuvimos, tratando de convencernos a nosotros mismos más que al otro, de que lo que pensaba cada uno era lo correcto. En realidad, es así como vivimos todos la mayoría del tiempo, pero en las crisis se evidencia más. Sin embargo, más tarde aprendí que una carta abierta es aquella que aun dirigiéndose a una persona en concreto, se muestra de manera pública, como ésta. Aunque aquí la audiencia sea muy reducida y ni siquiera sepa si visitas mis intentos de escritura alguna vez como para encontrártela. A pesar de ello, prefiero este método para evitar las rencillas, las cuales ya podemos catalogar de “viejas”, que inevitablemente han surgido en los anteriores intentos de interacción y que a ambos nos hastían. También lo escojo porque así, al igual que una casa que se ventila a menudo, la limpieza es mayor.

Así pues, te cuento que leí un artículo donde se señalaba que es científicamente imposible que a las palabras se las lleve el viento. El sonido no puede abandonar la Tierra, puesto que no se propaga al vacío. Las ondas de sonido son una forma de energía y la energía nunca desaparece. Se disipa hasta el punto que resulta imperceptible de cualquiera de las maneras. Pero no desaparece. ¡Ajá! Tendrían que dar mayor difusión a este hecho para que la gente pensara más las cosas que dice, ¿no crees?

Asimismo, escuché en una película que podría gustarte pese a su rareza o por ella: “El amor es una cuestión de oportunidad, de nada sirve encontrar a la persona idónea demasiado pronto o demasiado tarde. Si yo hubiera vivido en otro momento, en otra ciudad, mi historia podría haber tenido un final muy diferente”. Mentiría si te dijera que fuiste la primera persona en quien pensé y no creo que te sorprenda: ha pasado mucho tiempo. Pero la corriente de pensamiento me llevó hasta ti. Qué habría sido de nosotros de habernos encontrado en una ciudad diferente o en la misma ciudad. O en un momento distinto, uno con más oportunidades o con menos incertidumbres. Años antes, más tiernos. Años después, más maduros… Qué cosas de las que nos distanciaron ni se hubieran dado.
Pero después me cuestioné si tal vez no hacía esta frase más que responsabilizar de todo a las circunstancias. Algo que contradice mi habitual estilo, impregnado, para bien o para mal, de idealismo y estoicidad en el que querer es poder. Sin embargo, en estos años he hecho tantas cosas que nunca pensé que acabaría haciendo y algunas no han resultado tan malas y otras han sido incluso buenas, que a menudo me sorprendo revisando mis verdades más absolutas en un relativismo que a mí misma me acaba aburriendo pero del que ya no puedo hacer marcha atrás sin sentir que falto a la verdad. “Eso ya lo hacías, chica de las dudas infinitas”, me dirás. No necesito que me contestes para saberme tus respuestas. Otro motivo más para una carta abierta. O tal vez me equivoque al adivinar tus réplicas pues tal vez tú (también) hayas cambiado. “Cuando algo no cambia, muere” dijo un famoso arquitecto. Quizá fue ese el problema de lo nuestro.

Tal vez esta carta tenga su origen sencillamente en el momento en el que me pregunté si un feliciano de la vida como tú se estaría paseando por las Ramblas a las cinco de la tarde en pleno mes de agosto. Y me asomé a tu vida. Había pasado mucho tiempo desde la última vez, a pesar de que hace años que dejé de temerle al tsunami, que era como denominaba al hecho de que conocieras a alguien, porque la ola que realmente lo arrasa todo no es tanto la que va a la tierra como la que vuelve de regreso al mar. En ese atisbar, comprobé con alivio que sigues respetando la hora de la siesta y que estás cumpliendo sueños, como tú los llamas. Me alegro mucho. Tus desventuras nunca alimentarían mi felicidad. Si bien es cierto que me imagino que Facebook seguirá siendo sólo la punta del iceberg de tu vida. Hay cosas que no cambian.

Reconozco el inicio de rencillas hasta cuando no hay interacción directa, por lo que mejor será despedirme ya.

No sé si las palabras o los gestos. Si el momento, la ciudad, las circunstancias o si la persona idónea si quiera. Qué más da y a quién interesa ya. Lo único importante es que las personas a quienes hemos amado pueden disiparse hasta no percibirlas, como los sonidos en la Tierra, pero nunca desaparecen de nuestro universo.

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Ya han escrito

De la muerte diaria del sol que, a su caída,
torna en negras de los árboles las ramas.
Ya han escrito.

Del susurrante viento, que uno quisiera que
se lo llevase todo y jamás arrastra nada.
Ya han escrito.

De la misteriosa luna, que a su cita nunca falta
como una amante que se ha acabado enamorando.
Ya han escrito.

Del idilio que es tan sólo una mirada.
De la noche oscura del alma.
De que la vida es sueño.
Ya han escrito.

De tus ojos marrones, que me llaman.
De los cantos esquivos de las sirenas.
De los anhelos en las noches en vela.
Ya han escrito.

De los cuerpos a la intemperie del tiempo.
De los días de vino y rosas.
Del arte de perder.
Ya han escrito.

Del aroma roto de un recuerdo.
De las ausencias bienvenidas.
De la soledad y del exilio.
Ya han escrito.

De lo corto que es el amor
y lo largo que es el olvido.
Ya han escrito.

De qué podría escribir yo
en esta noche de agosto fría
si de todo cuanto mancha,
si de todo cuanto limpia,
si de todo cuanto ocurre en el orbe y
en el corazón de quienes lo habitan,
ya han escrito.

NARUMI

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Mi vecina

Cuando mi vecina se mira al espejo siempre ve a otra mujer reflejada.
Una de rostro pálido y avejentado, del que solo sabe que no le agrada.
Mi vecina no recuerda dónde vivimos ni el nombre de sus padres.
Y donde debería aparecer el suyo sólo hay una gran nube blanca.
Está convencida mi vecina de que nunca tuvo hijos y de que
esos niños no son sus nietos, por más que los obliguen a besarla.
A mi vecina le gusta escuchar la radio cuando ponen música.
Tanto, que ya solo pronuncia bien las palabras cuando canta.
Pero lo que más adora mi vecina es la tortilla de patatas.
Aunque solo si él se sienta a la mesa y le ayuda a masticarla.

Porque a él sí lo conoce, de él sí que se acuerda.

No tiene nada claro cómo ha llegado hasta aquí, hasta ahora.
Pero sabe que se llama Cariño y que siempre la lleva de la mano.
Y mi vecina le besa y le besa, mientras los demás la miramos raro.
Ella le besa en casa, por la calle y en el súper.
Cuando él conduce, cuando cocina, ella le besa.
Y si a veces él suavemente se aparta, mi vecina, con insistencia,
comienza a estirarle de la camisa las arrugas que no lleva.

Cuando cae la noche me pregunto: mi vecina, ¿cómo sueña?
¿Sigue siendo en sus ensoñaciones una existencia sin alma
o vuelve a ser la mujer de siempre durante el sueño pero
es incapaz de recordarlo cuando despierta por la mañana?

Anoche, mientras ella lo besaba alegremente en la cara
escuché cómo Cariño con voz queda le decía:
“Eres una gran aficionada a los gestos cotidianos”.
Y mi vecina con la mirada perdida, imagino, asentía.
“Me alegra que al menos tú encuentres algo de paz
en esta irrealidad que, por no abdicar, llamamos vida”.
NARUMI

 

justhalf

Así debe ser

Para E. y J.P. 

 

Como el aroma a pan tostado, a sábanas limpias, a palomitas.

Como dejarte el pelo mojado mientras preparas la cena.

Como besar una boca templada que sabe a café.

Como el verano de los dieciocho años.

Como hallar el verso que te falta.

Como un atardecer en agosto.

Como beber sin prisa.

Como la lluvia.

 

Como escuchar los acordes de tu canción preferida.

Como llamar a casa para decir que has llegado.

Como juntar monedas en un tarro de cristal.

Como abrir un libro por la primera página.

Como venirte a buscar al aeropuerto.

Como la arena entre los dedos.

Como comprar entradas.

Como desnudarse.

Como el mar.

 

Así

debe ser la vida

cuando has encontrado

a la persona con quien quieres compartirla.

 

 

Inocentes

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Tengo una amiga que siempre dice:

“Qué pena que deban morir inocentes para ganar guerras…”

Creo que le gusta la palabra “inocentes” porque ella es muy dulce

y creo que le gusta la palabra “ganar” porque también es ambiciosa.

Y es que hay gente que ama determinadas palabras igual que ama a determinadas personas: sin saber muy bien porqué ni hasta cuándo.

Mi amiga nunca utiliza esta frase en sentido literal.

Jamás hablamos de conflictos armados ni nada que esté relacionado con política.

Porque, de hecho, con esta amiga solo hablo de amor y de arrojo,

como hay gente con la que uno solo habla de los otros, del tiempo o del precio de la fruta.

Y las guerras a las que hace referencia mi amiga no son más que simples batallas,

como acostarse con alguien, un inocente cualquiera,

para acelerar la carrera del olvido de un amor más relevante.

Aunque más de una vez las inocentes cualesquiera hemos sido nosotras

y las guerras las han ganado otros.

Por eso sabemos bien qué significa esta frase.

 

NARUMI

 

 

Caminos

Son mis arrugas surcos transitados por las dudas.

También la tristeza serpenteó estas curvas

y tuvo como compañera de senda a la melancolía.

 

Repetidamente me bronceó la desilusión la tez:

de quien nunca vino, de quien se fue para no volver.

Dejé esas ausencias que quemaban mis huellas

a ambos lados del viejo camino de tierra

junto a las renuncias, las traiciones y las quimeras.

 

Temí mil veces correr la suerte de Edith

si cedía a la tibia tentación de mirar atrás:

olvidar lentamente el sabor de la dulzura

y que cada poro de mi cuerpo emanara sal.

 

Mil y una veces volví el rostro pero jamás el paso.

Y en ese continuo caminar sin descanso me hallo

pues la brisa el amargor acaba siempre borrando.

 

NARUMI

 

lot's wife

Hoy estuve en tu cueva

A mi tío, con el cariño que da el tiempo.

Hoy estuve en tu cueva (¿o tal vez era un refugio?)
a la que nunca nadie se asomaba.
Era la última habitación de la vieja casa.
La imaginaba tan lúgubre, tan lóbrega, tan fúnebre, como tú.
Siempre temía que aparecieras y miraba de reojo tu puerta.
Porque eras la sombra y yo iba allí por la luz.
Eras el caos y yo iba allí por la paz.
Eras el miedo y yo iba allí por la alegría.
Me turbaban tu voz ronca y tu áspera ironía.

Sin embargo, mucho antes, puede que fuera distinto.
Quizá hubo algunos besos, alguna tarde de regazo,
alguna broma tibia aún, algún día en el campo.
Antes de que tu oscuridad lo llenara todo.
Mucho antes.
Porque recuerdo poco y lo que recuerdo es negrura.

Pero hoy estuve en tu cueva (¿o tal vez era un refugio?)
y entre los muebles desvencijados y la humedad,
entre los trastos viejos y los escombros,
estaban todos tus libros amparados por el polvo.
Cientos de obras: los restos de tu gran naufragio.
Con tu nombre escrito y subrayados con cuidado.
Y a mí me gusta la gente que lee.
Y a mí me encanta la gente que subraya.

Nos imagino sentados en el patio en una noche como ésta, de verano.
El anciano que nunca serás y la adulta que no me diste tiempo a erigir,
charlando de lo mundano y lo divino, reconvirtiendo lo uno en lo otro.
Tú beberías whisky sin hielo y yo ginebra con pijadas.
Me echarías el humo en la cara mientras me enseñabas las estrellas.
Me reiría a carcajadas con tus anécdotas del pasado,
me enamoraría un poco imaginándote joven y guapo.
Y serías de esas personas que dicen cosas así:
– La felicidad es como el agua: si intentas sostenerla entre las manos, se derrama.

Hoy estuve en tu cueva tenebrosa, que era tu refugio,
donde conversabas con Nietzsche y rebatías a Kant.
Donde recitabas a Garcilaso y te reías de Bécquer.
Donde eras el Señor de las Moscas y de los mosquitos.
Un Robinson a la deriva, un Don Quijote demasiado lúcido.
Donde saltabas de un siglo a otro, de uno a otro género,
sin más disciplina que la de forjarte una soledad hosca y húmeda hasta el último día.
Porque nunca te abrazaste a nada que no fuera tu mala suerte.

Ríete con socarronería allá donde te halles, bucanero.
Sigue siendo por siempre el lobo estepario de tu cuento.

NARUMI

light-art-10

Light Art, de Lucea Spinelli.