Febrero

Febril y frío.
Fugaz, furtivo.

Da vértigo, febrero.
¿Serán sus dos días menos?
O el ser punta de lanza
entre primavera e invierno.

Da vértigo, febrero.
¿Será porque se disfraza?
De blancos y pálidos grises,
entre algún verde esperanza.

Da vértigo, febrero.
¿Será por su fama de loco?
Con sus días más luengos
y sus noches aún tan frías.

Da vértigo, febrero.
¿Será que nos lo roban?
Como le sucede cada abril
al hombre del traje gris.

¿O será porque es distinto,
diferente, inusitado?
¿O será porque es único,
el más breve del calendario?

O será que cumplo años…

NARUMI

 

febrero

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Feliz cumpleaños

Nos conocimos a dos mil kilómetros
de nuestros lugares de origen.
Y es que a veces hay que marcharse lejos
para encontrar lo que tenemos cerca.

Tu segunda noche la pasaste en mi casa.
Me pregunto qué soñara cada una aquél dia.
Tú, tan risueña, tan graciosa, tan andaluza.
Yo, tan formal, tan sensata, tan cabal.
Escondiendo nuestros miedos y nostalgias,
tras tu risa, tú, yo tras mi mirada.

Éramos unas desconocidas
que tan sólo tenían en común
aquello que escondían.

Poco después, no recuerdo el momento concreto,
los puentes cayeron, ya no hacían falta:
se disolvieron entre nosotras todas las distancias.
Tal vez cuando empecé a notar que me querías.
Sin hacer nada por ganarte, siendo como era,
dando rienda suelta a mis rarezas y manías.

Es un alivio que te quieran así en esta ajetreada vida
en la que siempre se está esperando algo de nosotros.
En la que nosotras mismas nunca estamos a la altura
de nuestras exigentes expectativas,
tan rigurosas que no sabemos ni cuáles son…

Así, antes de que se instalara en Cesena
el húmedo invierno, ya sospechábamos
que ni tú tan cabecita loca ni yo tan tiesa.
Y al regreso de la Navidad en nuestras casas,
teniendo que esconder de nuevo
nuestros miedos y nuestras nostalgias,
yo ya solo podía hacerlo junto a tu risa
y tú, contagiándote de mi mirada.

Ahora, como dice la canción que mi madre adora,
“cómo han pasado los años, qué mundo tan diferente”
de aquél de paseos en bicicleta, aperitivos y helados.
De aquél en el que solo importaba el presente.

“Cómo han pasado los años, las vueltas que dio la vida”
Las personas maravillosas que hemos conservado,
las que se fueron y las que hemos ido ganando.
Cuántos viajes, celebraciones y palabras compartidas.

“Cómo han pasado los años, cómo cambiaron las cosas”
Y entre tanto, cuánto hemos madurado nosotras.
Logrando dar luz a algunos de nuestros temores
y aceptando con humor nuestras melancolías.

“Habrán pasado los años
pero el tiempo no ha podido hacer
que pase lo nuestro”

NARUMI

Cesena, Italia

Corres

Para mi amiga M. 
que prometió un hueco
en su pared si le gustaba.

Corres,
como el niño que huye de la tormenta.
Vuelas,
como la hoja caída de un árbol, seca.

Y adonde quiera que llegas, te aferras
como una enredadera.

Saltas,
como las briznas crepitantes de una hoguera.
Resbalas,
como lágrimas en la lluvia, desdibujadas.

Y adonde quiera que llegas, te anuncias
como las garzas.

Tal vez antes de Cristo fueras Cleopatra,
Mumtaz Mahal en la Edad Moderna,
y Audrey o Marilyn en los cincuenta.

En esta vida sólo agua ahora,
ahora fuego. Mañana tierra.
Y siempre este aire que te lleva.

NARUMI

richard butler

Richard Butler

Ventanas

La primera ventana de mi vida daba a una estrecha terraza que colindaba con un solar abandonado cuyos matorrales suponían el paisaje más agreste que yo había visto hasta entonces. Al otro lado de la calle, los vecinos de un bloque de pisos se asomaban a sus minúsculos balcones a fumar, tender o depositar las chillonas botellas de butano. Aún no despertaban mi curiosidad: el mundo imaginario que yo creaba en mi habitación era más amplio.

La segunda ventana de mi vida daba a una pequeña casa casi abandonada, cuyos dueños sólo utilizaban como cochera. La farola que presidía aquella fachada fue mi reloj de sol durante años. Junto a esta segunda ventana me saqué la secundaria, lloré mis primeras desventuras amorosas, aprendí las rutinas del vecindario, soñé con otras ventanas y terminé el bachillerato.

La tercera ventana de mi vida daba a una avenida continuamente inundada por el tráfico. Recuerdo poco más que el gris de la ciudad y el rojo de una barandilla contigua. No era la ventana de mis sueños pero en aquel momento bastaba con estrenar ventana.

La cuarta ventana de mi vida daba a un minúsculo patio de luces. Todo cuanto veía era un muro que había palidecido con los años, como un preso. Si te asomabas por completo, en la cocina del 3º podía verse unos enormes geranios que a mí me entristecían. Me hacían sentir que quien allí viviera se había resignado a esas vistas para siempre. Pensaba en cuánta gente habría en aquella ciudad y en el mundo a la que le hubiera ocurrido lo mismo y si a mí también me pasaría.

La quinta ventana de mi vida estaba al otro lado del pasillo y daba a una escuela. Por una vez tuve suerte en un sorteo. Gracias al patio del colegio, siempre entraba un sol brillante y alegre, impregnado del griterío enérgico de quienes no tienen pasado y no piensan en el futuro. Mirando por aquella ventana decidí que aún debía quedarme algún lugar más al que asomarme.

La sexta ventana de mi vida daba a un pequeño jardín trasero en otro país. Quizá haya sido la ventana con las vistas más bonitas. Pero para cuando empezó a entrar por ella el sol, ya era demasiado tarde para calentarme: echaba de menos mi casa.

La séptima ventana de mi vida daba a otro bloque de pisos del que colgaban banderas regionales, nacionales y con el águila de San Juan. Aquél año, que tenía que estudiar muchísimo, cambié la distribución de mi escritorio: dicen que si eres diestro, la luz ha de entrarte por el lado izquierdo.

La octava ventana de mi vida fue de nuevo la segunda. Pero yo ya no era la misma.

La novena ventana de mi vida volvió a dar a un patio interior. Un niño tocaba la flauta todos los días a las 4 de la tarde y estaba regado por plantas trepadoras pugnando por llegar hasta el final de la pared y alcanzar la luz del mediterráneo. Igual que yo en aquella época.

La décima y última ventana de mi vida hasta el momento también da a un patio, pero no de vecinos, como el de los geranios o las plantas trepadoras. Es un patio de pueblo, con suelo y paredes desconchadas pero presidido por tres árboles que los pájaros visitan a diario. Permite ver cierto horizonte — varios tejados, la torre de una iglesia, una antena muy alta y una veleta con un gallo siempre mirando al norte —, el cielo y su gama cromática.

Aquí estoy: sentada una tarde más de mi vida frente a una ventana.
Tal vez sería mejor, tal vez sería peor.
Pero muy probablemente no sería quien soy sin todo el tiempo pasado junto a esas ventanas.

NARUMI

 

Poema al heredero (IV)

Nieva en una fría tarde de enero…
Tú miras por la ventana embelesado.

— ¡Caen plumas blancas del cielo!—
gritas, y a mí se me escapa una sonrisa.
Siento que esos dos brillantes ojos
bien merecen narrarles una mentira.

— ¡Sí! Yo también puedo verlas.
Son plumas de ganso y de cigüeña.
Están aquí, encima de nuestro pueblo,
celebrando una multitudinaria fiesta.

Una vez al año todas se juntan.
Normalmente son madrugadoras,
pero este día se levantan tarde, tanto,
que cuando tú comes, ellas desayunan.

La gente piensa que pasan el día volando
de la plaza al parque y de ahí al teatro.
Posándose a veces en algún tejado.
Pero si levantas la vista y te fijas bien
verás que en realidad están bailando.

Y al atardecer, cuando oscurece,
deciden liberarse de sus ropas
y dejan caer sus plumas una a una,
mostrándose al mundo desnudas.

— ¿Por qué querrían quedarse sin plumas?
— Para perder así lo que más quieren
y aprender que, a pesar del frío,
vivitas y coleando continúan.

Entra tu mamá y te explica que
lo que ves no es más que agua.
Que si no lo crees mires al suelo
y verás cómo al alcanzarlo,
las plumas se quedan en nada…

Y tú la miras pícaramente:
—Mamá, si yo ya lo sabía.
Pero hay que ver qué fácil es
conseguir una historia de mi tía.

NARUMI

sky snow goose feathers

Dos miles diecisietes

Entiendo que el día transcurra entre dos soles,
entre aproximadamente dos lunas, los meses
y que las estaciones las delimiten los frutos.

Pero nunca comprendí a los minutos,
la mayoría de las horas me desconciertan
y de los años jamás sentí mía su estructura
de diciembres finales y prósperos eneros.

Mi imperecedera alma de estudiante
más afín se siente dando los años por conclusos
con el último atardecer de agosto e inaugurándolos
con la primera lluvia de septiembre.

Aunque, por lo que a mí respecta,
este último año podría haber acabado
la misma noche en la que lo comenzamos.

O aquella otra en vela, de insomnio
que se tornó en poema.
O la que unos ojos medio amarillos, medio grises,
me devolvieron mi oasis: a mi abuela.

Podría haber acabado el año aquella tarde de invierno,
en la que descubrimos que seríamos siempre sólo nosotros,
solos, decidiendo en qué convertir a los otros.

O el día que depuse al fin tus sombras y me mudé de locura.
O aquel otro en el que nos reencontramos y las carcajadas
fueron la banda sonora de nuestra despedida.

De buen grado habría dado por terminado el año
junto a los niños y las mil vidas que me evocaron.

Podría haber acabado el año aquella tarde de primavera
en la que descubrí que habían colocado una fuente
en el lugar del banco de los besos con lengua.

O el día en el que hubo que defraudar al viento,
a los árboles, a las hojas, a las aguas y a los pájaros,
confesándoles que se quedarían sin conocerlo.

Podría haber acabado el año aquella tarde de verano
en la que me reencontré a mi tío en su cueva
entre los restos de su gran naufragio.

O aquella en la que me convertí en Edith
y en su amargor que la brisa siempre acaba borrando.
O cuando el orden se invirtió y fue mi vida la que,
por un instante, a la muerte aturdió.

Podría haber acabado el año el día que al fin
comunicó el samurái de la verdad pura
que se había quedado desnudando una musa.

O podría el año no haber nunca acabado,
vivir eternamente en el mismo día,
como les sucede a Cariño y a mi vecina.

Podría haber acabado el año aquel atardecer de otoño
en el que tuvimos que restar una abuela
al ya escuálido monto.

O aquel en el que me rendí a la perfección de lo imperfecto.
O en el que todos perdimos porque la dualidad venció.
O el día en el que celebramos el 65º noviembre de mi padre.

Podría haber acabado el año de regreso a este invierno
el día en el que no tuvimos más remedio
que escuchar en voz alta la palabra maldita.

O aquel, hace tan poco, en el que nos rozó la muerte,
tentándonos a convertir en oro la mala suerte.

Seguramente el año acabó todos esos días.
Y también el resto.
Seguramente el año empezó todos esos días.
Y también el resto.

Todos los días que pensé que ya nunca más escribiría.
Que lo dejo.
Y todos los días que me senté de nuevo a hacerlo.

NARUMI

trizas2017

Perdónanos

Si el despertador suena a la misma hora de cada día y nos levantamos.
Perdónanos.
Si aspiramos el aroma del café y enlazamos los dedos alrededor de la taza caliente.
Perdónanos.
Si nos damos una ducha entre olores de flores y frutas.
Perdónanos.
Si escogemos un jersey y no cualquier otro y hasta nos perfumamos.
Perdónanos.
Si salimos a la calle y el frío nos arrebola las mejillas.
Perdónanos.
Si cerramos los ojos para sentir el sol a través de nuestros párpados.
Perdónanos.
Si le damos los buenos días a la vecina, al cartero, a las nubes.
Perdónanos.
Si aún podemos bromear con nuestros padres.
Perdónanos.
Si tarareamos descuidadamente alguna canción y la bailamos.
Perdónanos.
Si conducimos mirando el sol ponerse por el espejo retrovisor.
Perdónanos.
Si tenemos hambre y sueño y ganas de hacer el amor.
Perdónanos.
Si cuando llegue el verano, alguna noche nos sentimos eternos.
Perdónanos.

Dicen que cada pérdida conlleva siempre una ganancia.
Y que todo lo que la muerte roza lo convierte en oro.
Es tan difícil que no sé si creerlo posible.
Pero sí creo que sea lo único que pueda dar algo de sentido al sinsentido.

Así que perdónanos si tratamos de honrar un poco cada día tu pérdida.

 

NARUMI

Storm__Thorgerson_Wake_Up_and_Smell_the_Coffee_