Archivo de la categoría: Manchas

Lo que duele

Perdónanos

Si el despertador suena a la misma hora de cada día y nos levantamos.
Perdónanos.
Si aspiramos el aroma del café y enlazamos los dedos alrededor de la taza caliente.
Perdónanos.
Si nos damos una ducha entre olores de flores y frutas.
Perdónanos.
Si escogemos un jersey y no cualquier otro y hasta nos perfumamos.
Perdónanos.
Si salimos a la calle y el frío nos arrebola las mejillas.
Perdónanos.
Si cerramos los ojos para sentir el sol a través de nuestros párpados.
Perdónanos.
Si le damos los buenos días a la vecina, al cartero, a las nubes.
Perdónanos.
Si aún podemos bromear con nuestros padres.
Perdónanos.
Si tarareamos descuidadamente alguna canción y la bailamos.
Perdónanos.
Si conducimos mirando el sol ponerse por el espejo retrovisor.
Perdónanos.
Si tenemos hambre y sueño y ganas de hacer el amor.
Perdónanos.
Si cuando llegue el verano, alguna noche nos sentimos eternos.
Perdónanos.

Dicen que cada pérdida conlleva siempre una ganancia.
Y que todo lo que la muerte roza lo convierte en oro.
Es tan difícil que no sé si creerlo posible.
Pero sí creo que sea lo único que pueda dar algo de sentido al sinsentido.

Así que perdónanos si tratamos de honrar un poco cada día tu pérdida.

 

NARUMI

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La palabra maldita

Te ha tocado.
Te la quedas.
La llevas.

La palabra maldita.
La que todos prefieren no pronunciar.

Porque no es sólo el pánico a la desaparición.
Es los adjetivos que la acompañan.
Y no es sólo la desaparición y los adjetivos que la acompañan.
Es todo lo de antes.

Es el susto cuando escuchas la palabra maldita.
La negación.
La ira.
La tristeza.
La resignación.
Y las pruebas.

Es la soledad de la espera de las pruebas.
Aunque ya nunca te dejen solo.
La inmensidad de tu conciencia durante la espera de las pruebas.
Irracionalmente avergonzado porque te ha tocado.
Porque la llevas.
Repasando cómo podrías haberlo evitado.
Buscando respuesta a los incontestables porqués.

Es la soledad durante las pruebas.
Sintiéndote más tú mismo que nunca.
Precisamente ahora,
que no eres más que un expediente,
un número, una parte de ti en blanco y negro.
Precisamente ahora,
que dejas de ser todo en lo que te habías convertido
para ser sólo un cuerpo.
Uno de asimetrías y colores semejantes al resto.
Uno desnudo de recuerdos.
Un cuerpo que ya no importa cómo se llama
ni qué voces invocaron alguna vez su nombre.
El cuerpo de alguien que aún se emociona
al escuchar “Dust in the Wind”.
Pero que aquí dentro poco importa.
Bajo estas máquinas, en estos pasillos, entre estas batas.
En este mundo paralelo del que ahí fuera
nadie quiere saber nada.
Como si al conocer uno atrajera la mala suerte.

Es la soledad del final de las pruebas.
Aunque ya nunca te dejen solo.
Cuando te devuelven tu cuerpo y vuelves a vestirlo con su nombre,
y con esa persona que le has ido tejiendo con el paso de los años.
Tu cuerpo, el que ayer censurabas y al que hoy imploras.
Si te saca de esta dejas de beber.
Lo prometes.
Y de fumar y de comer mal.
Y ya no te importarán las imperfecciones.
Y visitarás más a tu madre.
Y encontraras tiempo para pasear.
Y viajarás a aquella playa.
Y nunca jamás te enfadarás por nada.
Lo prometes.

Es la soledad de la espera de los resultados de las pruebas.
Aunque ya nunca te dejen solo.
Cuando un día te sorprendes envidiando a los pájaros.
Porque tal vez mañana mueran atropellados o se los coma un gato.
Pero los envidias.
Porque hoy viven sin saber nada de la palabra maldita.
Porque no tienen que convivir con el miedo.
Porque no tienen que enfrentarse al susto.
Ni a la negación.
Ni a la ira.
Ni a la tristeza.
Ni a la resignación.
Ni a las pruebas.
Ni a saberse sólo cuerpo.
Ni a la soledad.

A todo aquello que aquí fuera poco importa.
Porque queremos no saber, como los pájaros.
Queremos no saber nada de esa soledad,
siempre que no sea la nuestra.
La miramos de soslayo como a los mendigos desdentados
y, como a ellos, esperamos olvidarla al girar la esquina.
Por eso la palabra seguirá siendo maldita.
Porque preferimos continuar pensando que es algo que le pasa a otros.
Que nuestra irremediable desaparición – otro eufemismo –,
será dentro de mucho tiempo.
Tanto, que esperamos para entonces haberla aceptado.
O, al menos, estar tan cansados que queramos que suceda.

Como nos ocurre ahora con la lluvia,
aunque todos prefiramos los días soleados.

NARUMI

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Segundo Aniversario

VIVIR, ya sea intensamente, maravillados por la munificencia de la vida, o a ciegas
MANCHA, duele, quema, ahoga, deja huella, marca
Y A VECES, en ocasiones, que ha resultado ser prácticamente siempre
ESCRIBIR, revelar, dar a conocer, sacar a la luz, poner de manifiesto, compartir
LIMPIA, como el agua, que la suciedad arrastra y, al cabo, siempre algo germina.

Es un exorcismo.

Así, en el segundo aniversario de este pequeño proyecto, que comenzó por la mancha y continúa por la limpieza, lanzo a la corriente las palabras de Flaubert:

¡Adiós!
Surgirán otras pasiones, quizá te olvide
pero permanecerás siempre en el fondo de mi corazón,
porque el corazón es una tierra que cada pasión socava,
remueve y labra sobre las ruinas de las demás.
¡Adiós!

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A vosotras

Podría deciros que siento que sea así.
Que ojalá todo fuera perfecto.
Que nada os diera en qué pensar
y que nadie os robara el sueño.

Porque me duele el dolor que os infringís,
ver cómo a diario os fustigáis
con el arrepentimiento constante
y la culpa de la que os acusáis.

Pero no quiero.
Me niego a decir que lo siento.
Como si nada hubiésemos aprendido
en estos tres lustros de duelos.

Así que prefiero gritaros:
¡despertad de vuestro letargo de tristeza!
Desactivaos del modo conmiseración.
Del no sé cómo.
Del no puedo.

Y tened presente nuestra máxima:
vivimos forjando el recuerdo que seremos para nuestras yo futuras.

¿Qué necesitaremos ver cuando volvamos la vista atrás
en busca de fortaleza en nuestra Historia?
Que nos dimos tiempo para averiguarlo
y supimos cómo.
Que nos dimos tiempo para lograrlo
y pudimos.

¿Qué ejemplo queremos ser para nosotras mismas la próxima vez?
Que no nos elijan.
Que nos despidan.
Que nos lo pongan difícil.
Que no vayan las cosas como parecían.
Que no salga como estaba previsto.

Previsto.
No preolemos ni prescuchamos.
No presaboreamos ni pretocamos.
Pero constantemente prevemos.
Y nos preocupamos.

Quiero que veáis y os ocupéis.
Y enterréis ya los pres.
Quiero que reconozcáis,
aunque a veces prefiramos olvidarlo,
que somos responsables de lo que elegimos.
Y que nadie va a venir a salvaros.

Yo misma no puedo lidiar vuestras batallas.
Os ofrezco lo único que siempre os he dado
-aunque hoy sienta inútiles-: mis palabras.
Y mi silencio para escucharos.

Pero la victoria aguarda en vuestras manos.

 

NARUMI

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Nuestras abuelas

Nuestras abuelas se mueren.
Supervivientes de guerras, dictaduras y coerciones.
Supervivientes de duelos de hijos, sueños y amores.
Supervivientes de la vida.
Ahora, se mueren.
Y ya apenas nos quedan dos o tres.

Estamos perdiendo una generación.

Con su muerte se llevan el luto, el orinal, los rulos.
La abnegación ciega.
A los padres, al marido, a los hijos.
Porque ellas ya lo sabían todo.
Pero no podían.
Por eso animaron a sus hijas a que sí pudieran.

Y luego llegamos nosotras.

Nietas que las amábamos con locura
aunque nunca quisimos ser como ellas.
Deseábamos estar por encima de las apariencias,
del qué dirán, de la abnegación.
Y hacemos lo que podemos.
Aunque se nos están muriendo y nos duela.

Porque las abuelas son como casi todos los amores:
no importa cuánto duren, siempre es demasiado poco.

Si el paraíso existe, como ellas creían,
se estarán organizando.
Para enjalbegar las fachadas
y tener las puertas bien barridas.
Sacudir las mantas, las alfombras, las cortinas.
Y los trapos sucios de la familia.

Desde un balcón, desde la acera de enfrente
o en mitad de la calle,
se darán los buenos días.
Con ganas.
Con franqueza.
Sin prisa.

Irán o regresarán del mercado
con sus bolsas del pan de tela.
Conversarán sonrientes,
reconociéndose las unas a las otras
en sus ropas oscuras,
en sus gafas de pasta dorada,
en sus cardados con peines de mango de púa
y mucha laca.

Algunas habrán olvidado quitarse el mandil y otras, las alpargatas.

Tal vez habrá aroma de cocido en el ambiente,
promesa de croquetas.
Y se oirá un gallo cantar con retraso en la lejanía.
Por la tarde, trinarán los pájaros en un cielo muy azul
y se escuchará el jolgorio de los niños
a la salida de la escuela.

Las campanas de San Sebastián repicarán

Nuestras abuelas regresarán a sus casas,
donde encenderán las estufas y la vela de la Virgen,
que les toca custodiar esta semana.
Se sentarán junto a la ventana a zurcir un calcetín
y tejer algún recuerdo,
mientras ven morir el día.

Sonreirán al inhalar familiaridad.

Después de tantos años en los que se han sentido
ajenas a ellas mismas.
En otra casa.
En otro cuerpo.
En otra vida.

Y nosotras,
que no creemos en el paraíso,
pensaremos que,
aunque no fuera perfecto,
ya lo han conocido.

NARUMI

 

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Los ellos

Nos han educado en la dualidad.
Los hombres y las mujeres.
Los guapos y los feos.
Los listos y los torpes.
Los malos y los buenos.
Los “ellos” y los “nosotros”.

Nos han educado en la desconfianza hacia los demás.
En vivir acorazados, a la defensiva.
En la seguridad en detrimento de la curiosidad.
En el orgullo en detrimento de la empatía.
En el ensalzamiento de lo propio y el desprestigio de lo ajeno.

Nos han educado en la división en lugar de la suma.
Y así, fraccionamos en lugar de aumentar.
La tierra. La cultura. La lengua. Los ideales.

Y han hecho tan bien su trabajo de instrucción
que hasta quienes preferimos la suma
nos acobardamos ante el deseo de compartir
algo que nos ha tocado
—una canción, un film, un testimonio—
si proviene del otro lado.
De los otros. De los ellos.

Finalmente ha resultado que todos tenemos algo en común:
nos han educado de la misma manera y
todos hemos sido incapaces de desprogramarnos.

Como si todos no hubiéramos tenido alguna vez un amigo imaginario.
Como si todos no hubiéramos pedido alguna vez algo a nuestro ángel de la guardia.

NARUMI

 

 

 

Mi vecina

Cuando mi vecina se mira al espejo siempre ve a otra mujer reflejada.
Una de rostro pálido y avejentado, del que solo sabe que no le agrada.
Mi vecina no recuerda dónde vivimos ni el nombre de sus padres.
Y donde debería aparecer el suyo sólo hay una gran nube blanca.
Está convencida mi vecina de que nunca tuvo hijos y de que
esos niños no son sus nietos, por más que los obliguen a besarla.
A mi vecina le gusta escuchar la radio cuando ponen música.
Tanto, que ya solo pronuncia bien las palabras cuando canta.
Pero lo que más adora mi vecina es la tortilla de patatas.
Aunque solo si él se sienta a la mesa y le ayuda a masticarla.

Porque a él sí lo conoce, de él sí que se acuerda.

No tiene nada claro cómo ha llegado hasta aquí, hasta ahora.
Pero sabe que se llama Cariño y que siempre la lleva de la mano.
Y mi vecina le besa y le besa, mientras los demás la miramos raro.
Ella le besa en casa, por la calle y en el súper.
Cuando él conduce, cuando cocina, ella le besa.
Y si a veces él suavemente se aparta, mi vecina, con insistencia,
comienza a estirarle de la camisa las arrugas que no lleva.

Cuando cae la noche me pregunto: mi vecina, ¿cómo sueña?
¿Sigue siendo en sus ensoñaciones una existencia sin alma
o vuelve a ser la mujer de siempre durante el sueño pero
es incapaz de recordarlo cuando despierta por la mañana?

Anoche, mientras ella lo besaba alegremente en la cara
escuché cómo Cariño con voz queda le decía:
“Eres una gran aficionada a los gestos cotidianos”.
Y mi vecina con la mirada perdida, imagino, asentía.
“Me alegra que al menos tú encuentres algo de paz
en esta irrealidad que, por no abdicar, llamamos vida”.
NARUMI

 

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