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Poema al heredero (II)

Me gusta escribirte ahora
que aún no tienes nombre
ni género,
ni identidad.

Ahora que aún
no se espera nada de ti.

Porque siento que es como escribirle
al universo,
a la naturaleza,
al mundo.

Como escribirle a la vida.

Que llega cada día,
como vas a llegar tú,
sin misión alguna.

Solo pasar por aquí.
Acontecer.
Y dar así continuidad a lo finito.

NARUMI

heredero

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Nuestras abuelas

Nuestras abuelas se mueren.
Supervivientes de guerras, dictaduras y coerciones.
Supervivientes de duelos de hijos, sueños y amores.
Supervivientes de la vida.
Ahora, se mueren.
Y ya apenas nos quedan dos o tres.

Estamos perdiendo una generación.

Con su muerte se llevan el luto, el orinal, los rulos.
La abnegación ciega.
A los padres, al marido, a los hijos.
Porque ellas ya lo sabían todo.
Pero no podían.
Por eso animaron a sus hijas a que sí pudieran.

Y luego llegamos nosotras.

Nietas que las amábamos con locura
aunque nunca quisimos ser como ellas.
Deseábamos estar por encima de las apariencias,
del qué dirán, de la abnegación.
Y hacemos lo que podemos.
Aunque se nos están muriendo y nos duela.

Porque las abuelas son como casi todos los amores:
no importa cuánto duren, siempre es demasiado poco.

Si el paraíso existe, como ellas creían,
se estarán organizando.
Para enjalbegar las fachadas
y tener las puertas bien barridas.
Sacudir las mantas, las alfombras, las cortinas.
Y los trapos sucios de la familia.

Desde un balcón, desde la acera de enfrente
o en mitad de la calle,
se darán los buenos días.
Con ganas.
Con franqueza.
Sin prisa.

Irán o regresarán del mercado
con sus bolsas del pan de tela.
Conversarán sonrientes,
reconociéndose las unas a las otras
en sus ropas oscuras,
en sus gafas de pasta dorada,
en sus cardados con peines de mango de púa
y mucha laca.

Algunas habrán olvidado quitarse el mandil y otras, las alpargatas.

Tal vez habrá aroma de cocido en el ambiente,
promesa de croquetas.
Y se oirá un gallo cantar con retraso en la lejanía.
Por la tarde, trinarán los pájaros en un cielo muy azul
y se escuchará el jolgorio de los niños
a la salida de la escuela.

Las campanas de San Sebastián repicarán

Nuestras abuelas regresarán a sus casas,
donde encenderán las estufas y la vela de la Virgen,
que les toca custodiar esta semana.
Se sentarán junto a la ventana a zurcir un calcetín
y tejer algún recuerdo,
mientras ven morir el día.

Sonreirán al inhalar familiaridad.

Después de tantos años en los que se han sentido
ajenas a ellas mismas.
En otra casa.
En otro cuerpo.
En otra vida.

Y nosotras,
que no creemos en el paraíso,
pensaremos que,
aunque no fuera perfecto,
ya lo han conocido.

NARUMI

 

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Los ellos

Nos han educado en la dualidad.
Los hombres y las mujeres.
Los guapos y los feos.
Los listos y los torpes.
Los malos y los buenos.
Los “ellos” y los “nosotros”.

Nos han educado en la desconfianza hacia los demás.
En vivir acorazados, a la defensiva.
En la seguridad en detrimento de la curiosidad.
En el orgullo en detrimento de la empatía.
En el ensalzamiento de lo propio y el desprestigio de lo ajeno.

Nos han educado en la división en lugar de la suma.
Y así, fraccionamos en lugar de aumentar.
La tierra. La cultura. La lengua. Los ideales.

Y han hecho tan bien su trabajo de instrucción
que hasta quienes preferimos la suma
nos acobardamos ante el deseo de compartir
algo que nos ha tocado
—una canción, un film, un testimonio—
si proviene del otro lado.
De los otros. De los ellos.

Finalmente ha resultado que todos tenemos algo en común:
nos han educado de la misma manera y
todos hemos sido incapaces de desprogramarnos.

Como si todos no hubiéramos tenido alguna vez un amigo imaginario.
Como si todos no hubiéramos pedido alguna vez algo a nuestro ángel de la guardia.

NARUMI

 

 

 

Poema al heredero (I)

Te haré mil versos
-son estos los primeros-
para sentarnos juntos
un día a leerlos.

Te contaré entonces
que eres el protagonista
de un poemario que
comencé a escribirte hoy,
hará algunos años.

Tal vez te gustará dibujar
y querrás adornarlos.
Tal vez sólo disfrutes
ensimismado escuchándolos.

Será un día claro y soleado.
Estaremos sentados en un parque
o caminaremos de la mano.

Entre poema y poema
nos quedáremos callados.
Tú preguntándote
qué significa “poemario”.
Yo preguntándome
cómo han pasado los años.

NARUMI

 

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Perfección

Tumbadas en su cama como antes,
la miraba mientras dormía.
Podía ver de cerca la celulitis,
la piel de naranja, sus estrías.
Las venas hinchadas ramificarse
y el vello en la piel que colgaba.
Todas las manchas, irrevocables.

Quería observar su cuerpo de arriba abajo.
Memorizarlo.
Y que me pareciera feo.
Terrible.
Motivarme lo bastante para no acabar así.
Como si ella hubiera fracasado
en su lucha contra la naturaleza
pero yo aún pudiera salvarme.
Como si fuera posible salvarse.

Sin embargo, solo pude pensar:
“Es perfecto”.
Albergando en su interior
todos esos órganos, glándulas y vísceras
que la mantienen viva
con su minucioso trabajo diario
para que pueda yo mirarla mientras respira.
Aunque ella apenas los cuide,
aunque ella ya no los valore.
Aunque a ella, como a la mayoría,
solo le importe la carne que los envuelve.

Y susurré al oído del que una vez fuera mi casa:
“Tu perfección es tan hermosa…
Consérvala cuanto puedas, por favor.
Mantén en marcha la belleza.
No dejes fallar ningún engranaje.
Aunque ella ya no te quiera.
No la escuches.
Hazlo por mí.
Que no sabré encontrar la manera de llenar el vacío
que tú perfección deje cuando desaparezca”.

NARUMI

Crossed Legs, by Joan Semmels
Crossed Legs, by Joan Semmels

A pesar de

A pesar del cansancio.
A pesar de la pereza.
A pesar del frío.

A pesar del día siguiente.
A pesar de la reiteración.
A pesar del hastío.

A pesar de la frivolidad.
A pesar de la mentira.
A pesar del artificio.

A pesar de la mediocridad.
A pesar de lo banal.
A pesar del vacío.

A pesar de la multitud.
A pesar de la ironía.
A pesar del ruido.

Sigo saliendo.

Porque hay siempre un momento,
en un acorde familiar,
en un gesto cualquiera,
en un soplo fugaz
o frente al espejo,
en el que,
por un

i n s t a n t e ,

el orden se invierte
y es mi vida
quien aturde a la muerte.

 

NARUMI

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El samurái de la verdad pura

samurái

Qué fue del samurái de la verdad pura.
Se ahogó en el Pacífico mientras nadaba.
O tal vez se quedó buscando la melodía
que a sus sibilinos sueños les faltaba.

Qué fue del samurái de la verdad pura.
Se entretuvo desnudando alguna musa.
O acaso se distrajo en la recolecta tardía
de palíndromos trisílabos para su luna.

Qué fue del samurái de la verdad pura.
Quizá solo fuera un simulacro de Otto
en una de las caóticas vidas de Ana.
Mitad hombre, mitad ángel; en suma nada.

Qué fue del samurái de la verdad pura.
Ignoró a su instinto o,en cambio,fue su guía.
Probablemente se perdió cavilando sobre si
es o no el silencio una forma de mentira.
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