Poema al heredero (IV)

Nieva en una fría tarde de enero…
Tú miras por la ventana embelesado.

— ¡Caen plumas blancas del cielo!—
gritas, y a mí se me escapa una sonrisa.
Siento que esos dos brillantes ojos
bien merecen narrarles una mentira.

— ¡Sí! Yo también puedo verlas.
Son plumas de ganso y de cigüeña.
Están aquí, encima de nuestro pueblo,
celebrando una multitudinaria fiesta.

Una vez al año todas se juntan.
Normalmente son madrugadoras,
pero este día se levantan tarde, tanto,
que cuando tú comes, ellas desayunan.

La gente piensa que pasan el día volando
de la plaza al parque y de ahí al teatro.
Posándose a veces en algún tejado.
Pero si levantas la vista y te fijas bien
verás que en realidad están bailando.

Y al atardecer, cuando oscurece,
deciden liberarse de sus ropas
y dejan caer sus plumas una a una,
mostrándose al mundo desnudas.

— ¿Por qué querrían quedarse sin plumas?
— Para perder así lo que más quieren
y aprender que, a pesar del frío,
vivitas y coleando continúan.

Entra tu mamá y te explica que
lo que ves no es más que agua.
Que si no lo crees mires al suelo
y verás cómo al alcanzarlo,
las plumas se quedan en nada…

Y tú la miras pícaramente:
—Mamá, si yo ya lo sabía.
Pero hay que ver qué fácil es
conseguir una historia de mi tía.

NARUMI

sky snow goose feathers

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