Nuestras abuelas

Nuestras abuelas se mueren.
Supervivientes de guerras, dictaduras y coerciones.
Supervivientes de duelos de hijos, sueños y amores.
Supervivientes de la vida.
Ahora, se mueren.
Y ya apenas nos quedan dos o tres.

Estamos perdiendo una generación.

Con su muerte se llevan el luto, el orinal, los rulos.
La abnegación ciega.
A los padres, al marido, a los hijos.
Porque ellas ya lo sabían todo.
Pero no podían.
Por eso animaron a sus hijas a que sí pudieran.

Y luego llegamos nosotras.

Nietas que las amábamos con locura
aunque nunca quisimos ser como ellas.
Deseábamos estar por encima de las apariencias,
del qué dirán, de la abnegación.
Y hacemos lo que podemos.
Aunque se nos están muriendo y nos duela.

Porque las abuelas son como casi todos los amores:
no importa cuánto duren, siempre es demasiado poco.

Si el paraíso existe, como ellas creían,
se estarán organizando.
Para enjalbegar las fachadas
y tener las puertas bien barridas.
Sacudir las mantas, las alfombras, las cortinas.
Y los trapos sucios de la familia.

Desde un balcón, desde la acera de enfrente
o en mitad de la calle,
se darán los buenos días.
Con ganas.
Con franqueza.
Sin prisa.

Irán o regresarán del mercado
con sus bolsas del pan de tela.
Conversarán sonrientes,
reconociéndose las unas a las otras
en sus ropas oscuras,
en sus gafas de pasta dorada,
en sus cardados con peines de mango de púa
y mucha laca.

Algunas habrán olvidado quitarse el mandil y otras, las alpargatas.

Tal vez habrá aroma de cocido en el ambiente,
promesa de croquetas.
Y se oirá un gallo cantar con retraso en la lejanía.
Por la tarde, trinarán los pájaros en un cielo muy azul
y se escuchará el jolgorio de los niños
a la salida de la escuela.

Las campanas de San Sebastián repicarán

Nuestras abuelas regresarán a sus casas,
donde encenderán las estufas y la vela de la Virgen,
que les toca custodiar esta semana.
Se sentarán junto a la ventana a zurcir un calcetín
y tejer algún recuerdo,
mientras ven morir el día.

Sonreirán al inhalar familiaridad.

Después de tantos años en los que se han sentido
ajenas a ellas mismas.
En otra casa.
En otro cuerpo.
En otra vida.

Y nosotras,
que no creemos en el paraíso,
pensaremos que,
aunque no fuera perfecto,
ya lo han conocido.

NARUMI

 

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