Hoy estuve en tu cueva

A mi tío, con el cariño que da el tiempo.

 

Hoy estuve en tu cueva (¿o tal vez era un refugio?)

a la que nunca nadie se asomaba.

Era la última habitación de la vieja casa.

La imaginaba tan lúgubre, tan lóbrega, tan fúnebre, como tú.

Siempre temía que aparecieras y miraba de reojo tu puerta.

Porque eras la sombra y yo iba allí por la luz.

Eras el miedo y yo iba allí por la alegría.

Eras el caos y yo iba allí por la paz.

Me turbaba tu voz ronca y tu áspera ironía.

 

Sin embargo, mucho antes, puede que fuera distinto.

Quizá hubo algunos besos, alguna tarde de regazo,

alguna broma tibia aún, algún día en el campo.

Antes de que tu oscuridad lo llenara todo.

Mucho antes.

Porque recuerdo poco y lo que recuerdo es negrura.

 

Pero hoy estuve en tu cueva (¿o tal vez era un refugio?).

Y entre los muebles desvencijados y la humedad,

entre los trastos viejos y los escombros,

estaban todos tus libros amparados por el polvo.

Cientos de obras: los restos de tu gran naufragio.

Con tu nombre escrito y subrayados con cuidado.

Y a mí me gusta la gente que lee.

Y a mí me encanta la gente que subraya.

 

Nos imagino sentados en el patio en una noche como esta, de verano.

El anciano que nunca serás y la adulta que no me diste tiempo a erigir,

charlando de lo mundano y lo divino, reconvirtiendo lo uno en lo otro.

Tú beberías whisky sin hielo y yo ginebra con pijadas.

Me echarías el humo en la cara mientras nombrabas las estrellas.

Me reiría a carcajadas con tus anécdotas del pasado,

me enamoraría un poco imaginándote joven y guapo.

Y serías de esas personas que dicen cosas así:

– La felicidad es como el agua: si intentas sostenerla entre las manos, se derrama.

 

Hoy estuve en tu tenebrosa cueva, que era tu refugio,

donde conversabas con Nietzsche y rebatías a Kant.

Donde recitabas a Garcilaso y te reías de Bécquer.

Donde eras el Señor de las Moscas y de los mosquitos.

Un Robinson a la deriva, un Don Quijote demasiado lúcido.

Donde saltabas de un siglo a otro, de uno a otro género,

sin más disciplina que la de forjarte una soledad hosca y húmeda hasta el último día.

Porque nunca te abrazaste a nada que no fuera tu mala suerte.

 

Ríete con socarronería allá donde te halles, bucanero.

Sigue siendo por siempre el lobo estepario de tu cuento.

 

NARUMI

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