Los dos espejos

Existen en todas las casas de cada uno dos espejos.

 

El espejo superlativo, de marcos tallados y color bronce.

Donde uno se mira a solas.

Y el reflejo le da palmaditas en la espalda:

qué guapo eres, qué bueno eres,

lo estás haciendo bien, haces todo lo que puedes, ánimo.

Nos quiere, nos mima, nos convence.

 

Y el espejo comparativo, de marcos sin relieves ni molduras.

Donde nos miramos con el otro.

Y el reflejo siempre es horrible y cruel, y categórico:

no eres lo suficiente guapo, qué torpe eres,

no lo estás haciendo bien, no te esfuerzas lo bastante, mírate.

Nos desnuda, nos señala, nos inquieta.

 

Dan ganas de encararlo contra la pared y perder su reflejo,

de fingir un luto supersticioso y cubrirlo con un paño negro

de estrellarlo contra el suelo y que se haga mil añicos.

 

Y a continuación sacudirle el polvo al superlativo,

restaurar con esmero sus ostentosos marcos, barnizarlos,

y comprar en el súper el limpiacristales más caro.

 

Para preguntarle aquello de:

“Mirror, mirror on the wall , who is the fairest of them all?”

Y que ya nunca más varíe la respuesta.

 

NARUMI

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