Lluvia

A nadie le gusta el tiempo nublado. Pero a todo el mundo le gusta la lluvia.

Es como si no soportáramos la incertidumbre ni de lo inmediato. Pero nos consolase la certeza, aunque nos humedezca los planes.

Quizá conservamos el instinto de nuestros ancestros más lejanos que rezaban a la lluvia, que le ofrecían sacrificios, que la bailaban y la celebraban.

Aunque ahora sólo sacrifiquemos las terrazas de los bares y la admiremos tras los cristales con doble climalit.

Cuántas veces habremos visto llover en nuestra vida y aún es un fenómeno que nos roba la atención.

Cuando empieza a diluviar detenemos nuestras tareas y miramos y escuchamos como si fuera la primera vez.

Quizá sea una admiración atávica por la Naturaleza.

O quizá sea un temor recóndito, también reflejo del pasado.

Un temor a que ese diluvio continúe, no pare, siga, nos dé alcance. Sobrepase la seguridad de las dobles ventanas y lo inunde todo, nos ahogue, nos arrastre y nos lleve.

Pero pronto se suspende la tormenta y vuelve la cadencia pausada, melancólica.

Volvemos a nuestras tareas, gustosos, además. Pues tampoco es que haya unas terrazas esperándonos al sol.

Y pensamos en la comodidad de nuestro primer mundo y de nuestra vida moderna. Donde tenemos agua aunque no llueva. Donde no nos mojamos aunque llueva.

Mañana saldrá el sol y hoy será sólo una anécdota.

 

NARUMI

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