El Elefante

Tiene la cabeza pequeña pero unas grandes orejas. Los colmillos no destacan. Es de cuerpo orondo y culo inmenso. De éste asoma un fino rabo peludo. Las cuatro patas son grandes, aunque no llaman la atención bajo su cuerpo.

Porque es éste, ese culo inmenso, el que se posa en tu esófago no dejándote apenas entrar el aire.

Su nombre no es muy original. Nosotras lo llamamos sencillamente “El Elefante”. Sólo con este nombre común de mamífero, precedido por el artículo definido, sabemos bien a qué nos referimos.

Al malestar.

A la angustia.

Al ahogo que padeces cuando El Elefante te visita y decide instalarse en la boca de tu estómago, aplastándote el esófago, dificultándote la respiración.

A veces sólo se asoma, y la punzada es breve. No asienta su voluminoso culo, sólo posa una pata. Otras veces, se instala durante semanas. Come, duerme y se solaza en tu esófago, aplastándolo con su gran trasero. Por más tiempo que permanezca, nunca te acostumbras.

El aire y respirarlo es algo que no solemos valorar hasta que nos falta.

Pero un buen día se aburre. Poco a poco, va recogiendo sus bártulos y termina marchándose. Nunca demasiado lejos, siempre al acecho. Porque El Elefante vive contigo.

El Elefante eres tú.

Pero se aleja. Y nosotras respiramos. Y pensamos que le hemos sobrevivido. Que una vez más su estancia ha sido dura pero no mortal.

Y que debemos recordarlo la próxima vez que nos visite.

 

NARUMI el-elefante-y-el-raton

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