La Gran Crisis

Vivimos momentos de crisis económica, crisis de valores y sobre todo, crisis personales. Pero lo cierto es que,  quizá exceptuando la primera, el ser humano está en continua crisis desde la preadolescencia, sino antes… Sin embargo, cuando yo era una preadolescente y después cuando era una adolescente, siempre pensé que eran cosas de la edad y del momento que vivíamos. Cosas que, a cambio de ir haciéndose viejo, se superaban con el tiempo. Tenía sentido, ¿no? Hacerse viejo no mola nada. Eres más feo, con arrugas y pelo cano, tienes mil y un achaques… pero eres más feliz porque ya no estás en edad de crisis existenciales. Así que, a pesar de lo viejo que estás, te sientes mejor. Igual que el joven que no estudia, que lo deja la novia y se le hunde el mundo, que no se puede hacer carrera de él, pero ES joven: tiene toda la vida por delante. Así lo pensaba yo. Las cosas que compensaban lo uno y lo otro. Las cosas que le daban sentido a las desventajas, a los sinsabores de cada momento vital.

Pero ahora descubro lo equivocada que estaba. Después de la crisis adolescente viene la crisis post-estudios. Ahora mucho más crítica que nunca (al menos según podemos recordar los post-estudiantes actuales). Y si esa se logra superar, viene la crisis del compromiso. ¿Qué quieres hacer el resto de tu vida y con quién quieres hacerlo? El Resto De Tu Vida es ya una crisis de por sí… Luego crisis por los hijos. Si no los tienes, crisis. Pero, ¿quieres tenerlos de verdad?, ¿estás seguro de un cambio tan radical en tu vida? Dudas, crisis. Los tienes, crisis también. Cómo criar a un hijo ‘bien’. ¿Vale con que no salga drogadicto? Y tenerlo sabiendo todos los padeceres que no le podrás ahorrar, hagas lo que hagas… y no debes hacer mucho porque tiene que vivir… Crisis, lucha interna continúa mientras los crías. Más crisis laboral, menos o más fuerte según la suerte de cada cual. Y crisis de pareja. ¿No tendrías que haberte pensando mejor aquello de ‘el resto de tu vida’? Crisis, crisis y crisis. Y un día, cuando parecía que todo esto ya se iba aclarando o si no al menos dejaba de ser tan acuciante, te detienes a mirarte al espejo, te detienes DE VERDAD y observas, y gritas: “ OH, DIOS MÍO!! MEGA CRISIS!! Estoy viejo y pronto moriré” Y todo el peso de la verdad caerá sobre nosotros y desearemos estar en cualquiera de las crisis anteriores menos en esta. Hasta en la económica. Y comprobaré en mis propias carnes cómo me equivocaba y la estabilidad laboral, económica y familiar no era suficiente para compensar la vejez y la proximidad del fin.

Y desde que me di cuenta de todo ello me atormenta la idea. Porque, ¿de qué sirve toda la crisis actual si no llegaré nunca a un estado de paz y tranquilidad, de moderada felicidad? Me pregunto si nunca estaré satisfecha, orgullosa, de la carrera profesional que finalmente haya elegido. Si siempre sentiré que la persona con la que estoy podría quererme más, que pudiéramos estar mejor. Y ahora corresponde preguntarse ¿no será el problema mío? ¿Seré ese tipo de persona que nunca está satisfecha con nada? De eso me acusarían probablemente mis ex, me imagino. En cambio, yo no estoy tan segura. En general me conformo con poquito y solo en las cosas que considero ‘valores fundamentales’ soy menos flexible, aunque ya comienzo a serlo hasta en eso… Quizá, en contra de lo que hasta ahora he creído, radique aquí el fallo. La gente tiene su religión, que le llena y que le supone algo a lo que aferrarse. Yo solía tener mis valores. Recuerdo que era algo que solía denominar ‘pilares fundamentales de mi vida’: familia, amor, amigos, trabajo/estudios y ‘yo’. Ese ‘yo’ seguramente era ocio, mi ocio, mi tiempo.

Sin embargo, pasó el tiempo, abrí horizontes y pensé que restar un poco de fundamentalismo a mis valores era un signo de madurez. Y ahora, ni una infidelidad que para mí siempre fue el Demonio, me parecería para tanto. Sigo sin ser capaz de hacerla ni tolerarla porque para mí supone el fin de la confianza y éste el fin de la relación. Pero ahora soy capaz de comprender que en otras parejas los fundamentos más sólidos puedan ser otros y que, por tanto, una infidelidad puede ser perdonable. Y también porque, al haber descubierto que los adultos no son unos seres equilibrados, centrados y felices, soy capaz de ver diversos motivos que pueden llevar a una infidelidad mucho más allá de la lujuria del momento: tristeza, incomprensión, comprensión, sentirse vivo, sentirse muerto, soledad, crisis múltiples encadenadas… Qué se yo. Cosas, al fin y al cabo, humanas y por tanto perdonables.

En resumen, descubro que la vida es cíclica hasta el último día. Cíclica filogenética e individualmente. Quizá eso no sea malo: significa que no hay estados. Y los estados, hasta los buenos, si son eternos también matan. Quizá si la vida es cíclica lo que hay que hacer es tratar de superarse en cada ciclo, enfrentarse con nuevas herramientas y mejor capacitados a cada nuevo ciclo. Así puede que cuando llegue La Gran Crisis, la de la cara desfigurada, la de la vida ya hecha, la de envidiar el resto de crisis pasadas, sí seamos capaces de sentarnos a disfrutar de ese ciclo y a aprender también de él, por penúltima vez.

Creo que podré acostumbrarme a vivir en un mundo donde los adultos no son superhéroes. Quizá hasta pueda ser un lugar bonito.

NARUMI

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