Mi padre

Hay quienes tienen hijos con el anhelo de que exista siempre
un niño que les ronde, o al que rondar.
De manera que cuando uno crece,
si sigue siendo un niño, resulta una decepción;
y si deja de ser un niño, resulta una decepción.

Sin embargo, mi padre siempre supo que creceríamos.
Siempre quiso conocer a quienes llegaríamos a ser.
Entendía que la mayor parte de nuestras vidas
conviviríamos como adultos.

Así que con él, crecer nunca fue un delito, siempre un logro.
Y el paso de los años nunca fue una pena, siempre una alegría.

De pequeña, le pedía que escribiera mi nombre en mis libretas,
con sus “ínclitas, maravillosas, mayúsculas vertiginosas”
que siempre he intentado emular.

Entre semana, nos ponía deberes en unos cuadernos apaisados,
sin estrenar pero totalmente demodé, que la imprenta Cervantes
había desechado poco antes de cerrar sus puertas para siempre.
Operaciones matemáticas y búsqueda de palabras
con cuyas acepciones elaborábamos una oración:
“Compraremos al abuelo una maleta nueva
porque la suya está obsoleta”.

Los fines de semana, Mario Bross, Pac-Man y Duck Hunt,
entre otros, se adueñaban del salón.
Nunca supe quién disfrutaba más, si él o nosotras.

Nos llevaba a la antigua biblioteca y utilizábamos su carnet
cuando aún no teníamos edad para uno propio.
Más tarde, leímos algunos de los títulos de aquellos libros
que siempre rememora haber comprado en su adolescencia
por pocas pesetas.
Y así conocimos, por ejemplo, a Daniel el Mochuelo.
Al Lute, cuyo lema sigue aflorando cuando las fuerzas flojean.
Y a Benigna, de quien aprendí de memoria:
“Cada uno, con el aquél de no sufrir,
se emborracha con lo que puede:
ésta con el aguardientazo, otros con otra cosa.
Yo también las cojo, pero no así:
las mías son cosa de más adentro”.

Se mofaba de nuestros ídolos musicales -como Soso Sanz-
por lo que terminamos adoptando a sus irreverentes cantautores,
haciendo de sus letras nuestro credo.
Aunque demasiado tarde para ahorrarle el dispendio
de nuestra primera y casi última comunión.

Y es que nunca ha sido muy dado a los rituales.
Su escepticismo le hace impregnarlos de ironía.
Mi padre es la antítesis de la solemnidad.
De él he aprendido la terapéutica práctica
de reírse de uno mismo.

Disfrutaba enseñándonos contabilidad,
con sus asignaciones semanales y más tarde, mensuales.
Viéndonos apuntar en nuestras libretas (apaisadas)
todos los “debe” y los “haber”.

Porque no le gusta el fútbol, ni los toros, ni los bares.
Su afición son los números, las estadísticas, los hallazgos.
Retiene los datos curiosos que lee aquí y allá,
para referirlos después, frotándose con ímpetu las manos.

También fue un visionario
con aquél curso de inglés por fascículos que nos compró
cuando yo apenas contaba ocho años.

Pero su mejor regalo fue recortar semanalmente con esmero
la columna que escribía Antonio Gala en los 90:
“Carta a los Herederos”.
Yo me las encontré por casa recopiladas en el 2000:
aquellas epístolas habían sido escritas para mí.
O tal vez mi padre no las guardara para nosotras.
Tal vez las archivara para sí mismo.
Porque también sintió que estaban escritas para él.
Porque también él se sintió heredero.
“Avanzad desnudos de experiencias ajenas,
sin usar un escudo como arma,
sin el amargor previo de una opinión desencantada
ni de un sentimiento defraudado,
sin aceptar en herencia nada que estiméis malo
o que os sepa a desilusión o rendición”.

Quizá por ello ha sabido adaptarse a cada tiempo.
Aprendió a utilizar Hotmail, Messenger y Skype
para comunicarse con nosotras cuando vivíamos en el extranjero.
No tardamos en verlo aparecer por Facebook
y domina whatsapp, siempre que tenga sus gafas a mano.
Aunque hace sus propias indagaciones,
está siempre abierto a nuestras recomendaciones
seriéfilas o cinematográficas.
Y hasta es fan de Roy Galán…

Pero lo mejor de este escrito
es poder mezclar tiempos verbales.
Lo mejor de este escrito
es poder leérselo en voz alta.

Así que papá,
sigue abrazándote a nuestro pino del campo.
Sigue despertando a tu sistema linfático.
Sigue paseando a diario y hablando solo
(te recomiendo que uses auriculares
para disimular, como yo hago).
Continúa buscando el elixir de la juventud eterna
para cumplir con tu plan de hacerte centenario.
Que sólo envejece aquél que comienza a creer que la vida
no merece ya que uno siga siendo un herbolario.

NARUMI

 

paseosveraniegos

 

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A vosotras

Podría deciros que siento que sea así.
Que ojalá todo fuera perfecto.
Que nada os diera en qué pensar
y que nadie os robara el sueño.

Porque me duele el dolor que os infringís,
ver cómo a diario os fustigáis
con el arrepentimiento constante
y la culpa de la que os acusáis.

Pero no quiero.
Me niego a decir que lo siento.
Como si nada hubiésemos aprendido
en estos tres lustros de duelos.

Así que prefiero gritaros:
¡despertad de vuestro letargo de tristeza!
Desactivaos del modo conmiseración.
Del no sé cómo.
Del no puedo.

Y tened presente nuestra máxima:
vivimos forjando el recuerdo que seremos para nuestras yo futuras.

¿Qué necesitaremos ver cuando volvamos la vista atrás
en busca de fortaleza en nuestra Historia?
Que nos dimos tiempo para averiguarlo
y supimos cómo.
Que nos dimos tiempo para lograrlo
y pudimos.

¿Qué ejemplo queremos ser para nosotras mismas la próxima vez?
Que no nos elijan.
Que nos despidan.
Que nos lo pongan difícil.
Que no vayan las cosas como parecían.
Que no salga como estaba previsto.

Previsto.
No preolemos ni prescuchamos.
No presaboreamos ni pretocamos.
Pero constantemente prevemos.
Y nos preocupamos.

Quiero que veáis y os ocupéis.
Y enterréis ya los pres.
Quiero que reconozcáis,
aunque a veces prefiramos olvidarlo,
que somos responsables de lo que elegimos.
Y que nadie va a venir a salvaros.

Yo misma no puedo lidiar vuestras batallas.
Os ofrezco lo único que siempre os he dado
-aunque hoy sienta inútiles-: mis palabras.
Y mi silencio para escucharos.

Pero la victoria aguarda en vuestras manos.

 

NARUMI

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Nuestras abuelas

Nuestras abuelas se mueren.
Supervivientes de guerras, dictaduras y coerciones.
Supervivientes de duelos de hijos, sueños y amores.
Supervivientes de la vida.
Ahora, se mueren.
Y ya apenas nos quedan dos o tres.

Estamos perdiendo una generación.

Con su muerte se llevan el luto, el orinal, los rulos.
La abnegación ciega.
A los padres, al marido, a los hijos.
Porque ellas ya lo sabían todo.
Pero no podían.
Por eso animaron a sus hijas a que sí pudieran.

Y luego llegamos nosotras.

Nietas que las amábamos con locura
aunque nunca quisimos ser como ellas.
Deseábamos estar por encima de las apariencias,
del qué dirán, de la abnegación.
Y hacemos lo que podemos.
Aunque se nos están muriendo y nos duela.

Porque las abuelas son como casi todos los amores:
no importa cuánto duren, siempre es demasiado poco.

Si el paraíso existe, como ellas creían,
se estarán organizando.
Para enjalbegar las fachadas
y tener las puertas bien barridas.
Sacudir las mantas, las alfombras, las cortinas.
Y los trapos sucios de la familia.

Desde un balcón, desde la acera de enfrente
o en mitad de la calle,
se darán los buenos días.
Con ganas.
Con franqueza.
Sin prisa.

Irán o regresarán del mercado
con sus bolsas del pan de tela.
Conversarán sonrientes,
reconociéndose las unas a las otras
en sus ropas oscuras,
en sus gafas de pasta dorada,
en sus cardados con peines de mango de púa
y mucha laca.

Algunas habrán olvidado quitarse el mandil y otras, las alpargatas.

Tal vez habrá aroma de cocido en el ambiente,
promesa de croquetas.
Y se oirá un gallo cantar con retraso en la lejanía.
Por la tarde, trinarán los pájaros en un cielo muy azul
y se escuchará el jolgorio de los niños
a la salida de la escuela.

Las campanas de San Sebastián repicarán

Nuestras abuelas regresarán a sus casas,
donde encenderán las estufas y la vela de la Virgen,
que les toca custodiar esta semana.
Se sentarán junto a la ventana a zurcir un calcetín
y tejer algún recuerdo,
mientras ven morir el día.

Sonreirán al inhalar familiaridad.

Después de tantos años en los que se han sentido
ajenas a ellas mismas.
En otra casa.
En otro cuerpo.
En otra vida.

Y nosotras,
que no creemos en el paraíso,
pensaremos que,
aunque no fuera perfecto,
ya lo han conocido.

NARUMI

 

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Los ellos

Nos han educado en la dualidad.
Los hombres y las mujeres.
Los guapos y los feos.
Los listos y los torpes.
Los malos y los buenos.
Los “ellos” y los “nosotros”.

Nos han educado en la desconfianza hacia los demás.
En vivir acorazados, a la defensiva.
En la seguridad en detrimento de la curiosidad.
En el orgullo en detrimento de la empatía.
En el ensalzamiento de lo propio y el desprestigio de lo ajeno.

Nos han educado en la división en lugar de la suma.
Y así, fraccionamos en lugar de aumentar.
La tierra. La cultura. La lengua. Los ideales.

Y han hecho tan bien su trabajo de instrucción
que hasta quienes preferimos la suma
nos acobardamos ante el deseo de compartir
algo que nos ha tocado
—una canción, un film, un testimonio—
si proviene del otro lado.
De los otros. De los ellos.

Finalmente ha resultado que todos tenemos algo en común:
nos han educado de la misma manera y
todos hemos sido incapaces de desprogramarnos.

Como si todos no hubiéramos tenido alguna vez un amigo imaginario.
Como si todos no hubiéramos pedido alguna vez algo a nuestro ángel de la guardia.

NARUMI

 

 

 

Poema al heredero (I)

Te haré mil versos
-son estos los primeros-
para sentarnos juntos
un día a leerlos.

Te contaré entonces
que eres el protagonista
de un poemario que
comencé a escribirte hoy,
hará algunos años.

Tal vez te gustará dibujar
y querrás adornarlos.
Tal vez sólo disfrutes
ensimismado escuchándolos.

Será un día claro y soleado.
Estaremos sentados en un parque
o caminaremos de la mano.

Entre poema y poema
nos quedáremos callados.
Tú preguntándote
qué significa “poemario”.
Yo preguntándome
cómo han pasado los años.

NARUMI

 

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Perfección

Tumbadas en su cama como antes,
la miraba mientras dormía.
Podía ver de cerca la celulitis,
la piel de naranja, sus estrías.
Las venas hinchadas ramificarse
y el vello en la piel que colgaba.
Todas las manchas, irrevocables.

Quería observar su cuerpo de arriba a abajo.
Memorizarlo.
Y que me pareciera feo.
Terrible.
Motivarme lo bastante para no acabar así.
Como si ella hubiera fracasado
en su lucha contra la naturaleza
pero yo aún pudiera salvarme.
Como si fuera posible salvarse.

Sin embargo, solo pude pensar:
“Es perfecto”.
Albergando en su interior
todos esos órganos, glándulas y vísceras
que la mantienen viva
con su minucioso trabajo diario
para que pueda yo mirarla mientras respira.
Aunque ella apenas los cuide,
aunque ella ya no los valore.
Aunque a ella, como a la mayoría,
solo le importe la carne que los envuelve.

Y susurré al oído del que una vez fuera mi casa:
“Tu perfección es tan hermosa…
Consérvala cuanto puedas.
Mantén en marcha la belleza.
No dejes fallar ningún engranaje.
aunque ella ya no te quiera.
No la escuches.
Hazlo por mí.
Que no sabré encontrar la manera
de llenar el vacío que tu perfección deje
cuando desaparezca.

NARUMI

Crossed Legs, by Joan Semmels
Crossed Legs, by Joan Semmels