La palabra maldita

Te ha tocado.
Te la quedas.
La llevas.

La palabra maldita.
La que todos prefieren no pronunciar.

Porque no es sólo el pánico a la desaparición.
Es los adjetivos que la acompañan.
Y no es sólo la desaparición y los adjetivos que la acompañan.
Es todo lo de antes.

Es el susto cuando escuchas la palabra maldita.
La negación.
La ira.
La tristeza.
La resignación.
Y las pruebas.

Es la soledad de la espera de las pruebas.
Aunque ya nunca te dejen solo.
La inmensidad de tu conciencia durante la espera de las pruebas.
Irracionalmente avergonzado porque te ha tocado.
Porque la llevas.
Repasando cómo podrías haberlo evitado.
Buscando respuesta a los incontestables porqués.

Es la soledad durante las pruebas.
Sintiéndote más tú mismo que nunca.
Precisamente ahora,
que no eres más que un expediente,
un número, una parte de ti en blanco y negro.
Precisamente ahora,
que dejas de ser todo en lo que te habías convertido
para ser sólo un cuerpo.
Uno de asimetrías y colores semejantes al resto.
Uno desnudo de recuerdos.
Un cuerpo que ya no importa cómo se llama
ni qué voces invocaron alguna vez su nombre.
El cuerpo de alguien que aún se emociona
al escuchar “Dust in the Wind”.
Pero que aquí dentro poco importa.
Bajo estas máquinas, en estos pasillos, entre estas batas.
En este mundo paralelo del que ahí fuera
nadie quiere saber nada.
Como si al conocer uno atrajera la mala suerte.

Es la soledad del final de las pruebas.
Aunque ya nunca te dejen solo.
Cuando te devuelven tu cuerpo y vuelves a vestirlo con su nombre,
y con esa persona que le has ido tejiendo con el paso de los años.
Tu cuerpo, el que ayer censurabas y al que hoy imploras.
Si te saca de esta dejas de beber.
Lo prometes.
Y de fumar y de comer mal.
Y ya no te importarán las imperfecciones.
Y visitarás más a tu madre.
Y encontraras tiempo para pasear.
Y viajarás a aquella playa.
Y nunca jamás te enfadarás por nada.
Lo prometes.

Es la soledad de la espera de los resultados de las pruebas.
Aunque ya nunca te dejen solo.
Cuando un día te sorprendes envidiando a los pájaros.
Porque tal vez mañana mueran atropellados o se los coma un gato.
Pero los envidias.
Porque hoy viven sin saber nada de la palabra maldita.
Porque no tienen que convivir con el miedo.
Porque no tienen que enfrentarse al susto.
Ni a la negación.
Ni a la ira.
Ni a la tristeza.
Ni a la resignación.
Ni a las pruebas.
Ni a saberse sólo cuerpo.
Ni a la soledad.

A todo aquello que aquí fuera poco importa.
Porque queremos no saber, como los pájaros.
Queremos no saber nada de esa soledad,
siempre que no sea la nuestra.
La miramos de soslayo como a los mendigos desdentados
y, como a ellos, esperamos olvidarla al girar la esquina.
Por eso la palabra seguirá siendo maldita.
Porque preferimos continuar pensando que es algo que le pasa a otros.
Que nuestra irremediable desaparición – otro eufemismo –,
será dentro de mucho tiempo.
Tanto, que esperamos para entonces haberla aceptado.
O, al menos, estar tan cansados que queramos que suceda.

Como nos ocurre ahora con la lluvia,
aunque todos prefiramos los días soleados.

NARUMI

birdsonthebeach

Anuncios

Segundo Aniversario

VIVIR, ya sea intensamente, maravillados por la munificencia de la vida, o a ciegas
MANCHA, duele, quema, ahoga, deja huella, marca
Y A VECES, en ocasiones, que ha resultado ser prácticamente siempre
ESCRIBIR, revelar, dar a conocer, sacar a la luz, poner de manifiesto, compartir
LIMPIA, como el agua, que la suciedad arrastra y, al cabo, siempre algo germina.

Es un exorcismo.

Así, en el segundo aniversario de este pequeño proyecto, que comenzó por la mancha y continúa por la limpieza, lanzo a la corriente las palabras de Flaubert:

¡Adiós!
Surgirán otras pasiones, quizá te olvide
pero permanecerás siempre en el fondo de mi corazón,
porque el corazón es una tierra que cada pasión socava,
remueve y labra sobre las ruinas de las demás.
¡Adiós!

portada

Poema al heredero (III)

Cuando nos quedemos solos
te contaré un cuento
que anoche comencé a leer
para ir aprendiéndolo.

Hay un señor sin cerebro,
con las ideas más originales,
que sufre todos los días
porque cree que nada sabe.

Otro caballero reluciente
que también vive afligido
porque cree que apenas siente
al carecer de corazón.

Y un enorme león cobarde
en constante busca de valor,
pese a que todos espanta
con sólo mostrar sus fauces.

Unidos por una perseverante niña,
caminan superando mil aventuras,
sin abandonar nunca el sendero
de las baldosas amarillas.

El viaje es largo y nada fácil
pero les mueve el empeño
de que les sean concedidos
sus tan ansiados deseos.

Me pregunto…

Qué sentirás tú que te falte
que te lleve a emprender camino.
Qué brujos y brujas conocerás
que te permitan ver toda tu magia.
Qué se reflejará en tus ojos
cuando mires a tu ciudad Esmeralda.

Con qué decidirás quedarte
cuando al final del viaje descubras
que todo es una farsa.

NARUMI

theyellowbrickroad

Mi padre

Hay quienes tienen hijos con el anhelo de que exista siempre
un niño que les ronde, o al que rondar.
De manera que cuando uno crece,
si sigue siendo un niño, resulta una decepción;
y si deja de ser un niño, resulta una decepción.

Sin embargo, mi padre siempre supo que creceríamos.
Siempre quiso conocer a quienes llegaríamos a ser.
Entendía que la mayor parte de nuestras vidas
conviviríamos como adultos.

Así que con él, crecer nunca fue un delito, siempre un logro.
Y el paso de los años nunca fue una pena, siempre una alegría.

De pequeña, le pedía que escribiera mi nombre en mis libretas,
con sus “ínclitas, maravillosas, mayúsculas vertiginosas”
que siempre he intentado emular.

Entre semana, nos ponía deberes en unos cuadernos apaisados,
sin estrenar pero totalmente demodé, que la imprenta Cervantes
había desechado poco antes de cerrar sus puertas para siempre.
Operaciones matemáticas y búsqueda de palabras
con cuyas acepciones elaborábamos una oración:
“Compraremos al abuelo una maleta nueva
porque la suya está obsoleta”.

Los fines de semana, Mario Bross, Pac-Man y Duck Hunt,
entre otros, se adueñaban del salón.
Nunca supe quién disfrutaba más, si él o nosotras.

Nos llevaba a la antigua biblioteca y utilizábamos su carnet
cuando aún no teníamos edad para uno propio.
Más tarde, leímos algunos de los títulos de aquellos libros
que siempre rememora haber comprado en su adolescencia
por pocas pesetas.
Y así conocimos, por ejemplo, a Daniel el Mochuelo.
Al Lute, cuyo lema sigue aflorando cuando las fuerzas flojean.
Y a Benigna, de quien aprendí de memoria:
“Cada uno, con el aquél de no sufrir,
se emborracha con lo que puede:
ésta con el aguardientazo, otros con otra cosa.
Yo también las cojo, pero no así:
las mías son cosa de más adentro”.

Se mofaba de nuestros ídolos musicales -como Soso Sanz-
por lo que terminamos adoptando a sus irreverentes cantautores,
haciendo de sus letras nuestro credo.
Aunque demasiado tarde para ahorrarle el dispendio
de nuestra primera y casi última comunión.

Y es que nunca ha sido muy dado a los rituales.
Su escepticismo le hace impregnarlos de ironía.
Mi padre es la antítesis de la solemnidad.
De él he aprendido la terapéutica práctica
de reírse de uno mismo.

Disfrutaba enseñándonos contabilidad,
con sus asignaciones semanales y más tarde, mensuales.
Viéndonos apuntar en nuestras libretas (apaisadas)
todos los “debe” y los “haber”.

Porque no le gusta el fútbol, ni los toros, ni los bares.
Su afición son los números, las estadísticas, los hallazgos.
Retiene los datos curiosos que lee aquí y allá,
para referirlos después, frotándose con ímpetu las manos.

También fue un visionario
con aquél curso de inglés por fascículos que nos compró
cuando yo apenas contaba ocho años.

Pero su mejor regalo fue recortar semanalmente con esmero
la columna que escribía Antonio Gala en los 90:
“Carta a los Herederos”.
Yo me las encontré por casa recopiladas en el 2000:
aquellas epístolas habían sido escritas para mí.
O tal vez mi padre no las guardara para nosotras.
Tal vez las archivara para sí mismo.
Porque también sintió que estaban escritas para él.
Porque también él se sintió heredero.
“Avanzad desnudos de experiencias ajenas,
sin usar un escudo como arma,
sin el amargor previo de una opinión desencantada
ni de un sentimiento defraudado,
sin aceptar en herencia nada que estiméis malo
o que os sepa a desilusión o rendición”.

Quizá por ello ha sabido adaptarse a cada tiempo.
Aprendió a utilizar Hotmail, Messenger y Skype
para comunicarse con nosotras cuando vivíamos en el extranjero.
No tardamos en verlo aparecer por Facebook
y domina whatsapp, siempre que tenga sus gafas a mano.
Aunque hace sus propias indagaciones,
está siempre abierto a nuestras recomendaciones
seriéfilas o cinematográficas.
Y hasta es fan de Roy Galán…

Pero lo mejor de este escrito
es poder mezclar tiempos verbales.
Lo mejor de este escrito
es poder leérselo en voz alta.

Así que papá,
sigue abrazándote a nuestro pino del campo.
Sigue despertando a tu sistema linfático.
Sigue paseando a diario y hablando solo
(te recomiendo que uses auriculares
para disimular, como yo hago).
Continúa buscando el elixir de la juventud eterna
para cumplir con tu plan de hacerte centenario.
Que sólo envejece aquél que comienza a creer que la vida
no merece ya que uno siga siendo un herbolario.

NARUMI

 

paseosveraniegos

 

A vosotras

Podría deciros que siento que sea así.
Que ojalá todo fuera perfecto.
Que nada os diera en qué pensar
y que nadie os robara el sueño.

Porque me duele el dolor que os infringís,
ver cómo a diario os fustigáis
con el arrepentimiento constante
y la culpa de la que os acusáis.

Pero no quiero.
Me niego a decir que lo siento.
Como si nada hubiésemos aprendido
en estos tres lustros de duelos.

Así que prefiero gritaros:
¡despertad de vuestro letargo de tristeza!
Desactivaos del modo conmiseración.
Del no sé cómo.
Del no puedo.

Y tened presente nuestra máxima:
vivimos forjando el recuerdo que seremos para nuestras yo futuras.

¿Qué necesitaremos ver cuando volvamos la vista atrás
en busca de fortaleza en nuestra Historia?
Que nos dimos tiempo para averiguarlo
y supimos cómo.
Que nos dimos tiempo para lograrlo
y pudimos.

¿Qué ejemplo queremos ser para nosotras mismas la próxima vez?
Que no nos elijan.
Que nos despidan.
Que nos lo pongan difícil.
Que no vayan las cosas como parecían.
Que no salga como estaba previsto.

Previsto.
No preolemos ni prescuchamos.
No presaboreamos ni pretocamos.
Pero constantemente prevemos.
Y nos preocupamos.

Quiero que veáis y os ocupéis.
Y enterréis ya los pres.
Quiero que reconozcáis,
aunque a veces prefiramos olvidarlo,
que somos responsables de lo que elegimos.
Y que nadie va a venir a salvaros.

Yo misma no puedo lidiar vuestras batallas.
Os ofrezco lo único que siempre os he dado
-aunque hoy sienta inútiles-: mis palabras.
Y mi silencio para escucharos.

Pero la victoria aguarda en vuestras manos.

 

NARUMI

IMG-20160308-WA0008

Nuestras abuelas

Nuestras abuelas se mueren.
Supervivientes de guerras, dictaduras y coerciones.
Supervivientes de duelos de hijos, sueños y amores.
Supervivientes de la vida.
Ahora, se mueren.
Y ya apenas nos quedan dos o tres.

Estamos perdiendo una generación.

Con su muerte se llevan el luto, el orinal, los rulos.
La abnegación ciega.
A los padres, al marido, a los hijos.
Porque ellas ya lo sabían todo.
Pero no podían.
Por eso animaron a sus hijas a que sí pudieran.

Y luego llegamos nosotras.

Nietas que las amábamos con locura
aunque nunca quisimos ser como ellas.
Deseábamos estar por encima de las apariencias,
del qué dirán, de la abnegación.
Y hacemos lo que podemos.
Aunque se nos están muriendo y nos duela.

Porque las abuelas son como casi todos los amores:
no importa cuánto duren, siempre es demasiado poco.

Si el paraíso existe, como ellas creían,
se estarán organizando.
Para enjalbegar las fachadas
y tener las puertas bien barridas.
Sacudir las mantas, las alfombras, las cortinas.
Y los trapos sucios de la familia.

Desde un balcón, desde la acera de enfrente
o en mitad de la calle,
se darán los buenos días.
Con ganas.
Con franqueza.
Sin prisa.

Irán o regresarán del mercado
con sus bolsas del pan de tela.
Conversarán sonrientes,
reconociéndose las unas a las otras
en sus ropas oscuras,
en sus gafas de pasta dorada,
en sus cardados con peines de mango de púa
y mucha laca.

Algunas habrán olvidado quitarse el mandil y otras, las alpargatas.

Tal vez habrá aroma de cocido en el ambiente,
promesa de croquetas.
Y se oirá un gallo cantar con retraso en la lejanía.
Por la tarde, trinarán los pájaros en un cielo muy azul
y se escuchará el jolgorio de los niños
a la salida de la escuela.

Las campanas de San Sebastián repicarán

Nuestras abuelas regresarán a sus casas,
donde encenderán las estufas y la vela de la Virgen,
que les toca custodiar esta semana.
Se sentarán junto a la ventana a zurcir un calcetín
y tejer algún recuerdo,
mientras ven morir el día.

Sonreirán al inhalar familiaridad.

Después de tantos años en los que se han sentido
ajenas a ellas mismas.
En otra casa.
En otro cuerpo.
En otra vida.

Y nosotras,
que no creemos en el paraíso,
pensaremos que,
aunque no fuera perfecto,
ya lo han conocido.

NARUMI

 

PhotoGrid_1508154268981